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Pixar fora de test

Es definitivo: hoy lo heroico es decir algo mínimamente razonable. Gente solvente que antaño solía ser argumentativa, sensata intelectualmente, al menos en sus áreas disciplinares, hoy desbarran sin ninguna precaución. Esto es una nueva epidemia, todavía más peligrosa que el Covid-19. Tomemos por ejemplo, lo que acaba de defender el abogado civilista Pablo Salvador Coderch (PSC) en la edición de El País de 11-VI-2020. Es cierto que este letrado –cuyo manejo de la crítica de arte es sorprendente– hace tiempo que da discursos en la prensa, los cuales suelen ser bastante lúcidos, la verdad, aunque se precipiten fuera de su campo de conocimiento; pero se le perdona –vamos a decir–, dada la natural propensión de los licenciados en derecho a escribir, patología que padecen los de su gremio; y que en el exterior del foro, a veces, no es tan virulenta. Sus opiniones en los diarios son divertidas.

La pandemia, sin embargo, ha hecho estragos, y no se sabe cómo ha sido. Ignoramos si la amenidad característica de los artículos de PSC era genuina, o bien obedecía a intereses más prosaicos que su prosa. Tras el artículo –y la imagen delatora–, nos preguntamos ahora si este jurista y académico, hijo de un arquitecto famoso, tiene tomadas acciones en la empresa de un Vitruvio moderno denominada “Museu Hermitage Barcelona”. O si PSC, además de ser funcionario en la UPF, cultiva los afectos más directamente business-friendly de Convergència, la cual se arremangó ostensiblemente para lanzar esta iniciativa “cultural”. O si siempre ha sido así. O si hablamos de ambos extremos. O qué.

Resulta que en la órbita de la arquitectura y el urbanismo (otro gremio de cuidado) el desconocido instigador de una posible –o putativa– sucursal del museo Hermitage en Barcelona era, en efecto, un donnadie, lo cual no es naturalmente negativo, no, en absoluto, dados los estragos que en los últimos decenios han causado algunos protagonistas de la Más Bella De Las Artes en nuestro entorno inmediato. Pensemos, por ejemplo, en la grapadora de Bohigas de la plaza de las Glorias. Al parecer, en esta ocasión, se trataba de la propuesta de un arquitecto anónimo, entendido… ¡pero amigo! amigo del yudoka más ducho del orbe, y experto mundial en hockey, el más profesional que existe: Vladimir.

Por no mencionar las dotes de este último a caballo descubierto.

La pinacoteca de San Petersbugo es –no hay duda– un auténtico festín para la humanidad, pero juzgar que los dirigentes de un establecimiento de este calibre no tienen nada que ver con el régimen político de referencia, vale, sólo pensarlo y se nos funde el candor como la nieve en los bulbos del Kremlin, y, sobre todo, se nos derrite visualmente el chupachups de “Lolita” de Nabokov (pronúnciese Nabókov).

En un momento dado, la polémica e hipotética erección de un Hermitage-bis en el puerto de la capital de Cataluña parecía acorde con la máxima plus ça change, plus c’est la même chose, teniendo en cuenta el dominio que los zares de Rusia –forjadores de la fabulosa colección del Hermitage– tenían del idioma francés. La Autoridad Portuaria de Barcelona y el Ayuntamiento de la misma ciudad, respectivamente, estuvieron entretenidos en un partido de tenis de alto copete, concluido con la pelota boba del film Matchball de Woody Allen. Era dudoso por qué banda iba a caer, pero finalmente los colaboradores de Colau se hicieron fuertes en la red y ganaron el punto.

La ciudad entera profirió un respiro de alivio, y esta vez sin mascarilla. No obstante, mira por dónde, Pablo Salvador Coderch, siempre locuaz en temas de arquitectura –siendo jurista, mmm–, se sintió dolido. Chico…

No sabemos la causa. No sabemos cuándo nuestro Pablo cayó del caballo (de Putin?), pero un individuo tan leído como él, asesor del despacho Cuatrecasas, ¿cómo es que ignora aún la secuencia de los hechos? Las evidencias pueden rastrearse en las hemerotecas, el desconcierto de los medios, la frivolidad de una idea que iba cambiando de ubicación y de aspecto, la naturaleza privada (y en principio legítima) del asunto, donde, de una semana a otra, se modificaban parámetros clave sin ton ni son, igual que en un desfile de moda. Fuera lo que fuese –cambiara el arquitecto, los planos, la inversión, el emplazamiento, el acuerdo, etc.–, los promotores insistían que la apuesta iba a funcionar. El affaire es reciente, y la historia vergonzante, tampoco es tan difícil encontrarla y ordenarla en Internet.

Un día, en los diarios saltaba la volumetría de una propuesta “X” para el superHermitage de Barcelona; otro día, de golpe, era designado como responsable el arquitecto Toyo Ito, que apareció como el salvador del proyecto –cuando proliferaron las pegas–, como el hombre del saco de serpientes, pues lo cambiaba todo con un coup de rendering (precisamente, el que muestra la instantánea de El País)

Ríete tú de los excesos del hotel Vela, hito fantasioso, histórico, no lo olvidemos, crecido en el terraine vague eternamente interpuesto entre las competencias del Puerto y las competencias del Ayuntamiento. Recordemos el desespero histórico del alcalde Joan Clos rebajando plantas y plantas en el rascacielos Vela de Bofill, erigido gracias a una “ocurrencia” del Puerto –vamos a llamarla de este modo– en un volumen casi calcado –por otra parte– de un edificio de… Mongolia (en Ulan-Bator). En estos días, alguna universidad quiere darle a Ricardo Bofill un birrete honoris causa. Pues ok. Por cierto, el envoltorio de Ito en las fotografías del proyecto del Hermitage, tan caras al gusto del abogado Coderch (connoisseur arquitectónico), vulnera en varias alturas la normativa vigente.

Leningrado va a quedar muy lejos, y Japón no te digo. Pero lo más remoto que nos queda en este instante es la ecología, la ecología que empieza con el lenguaje y con el sentido de las palabras, y que acaba con un mínimo conocimiento disciplinar de la arquitectura y el urbanismo, que no todo el mundo tiene, aunque sea “hijo de”. Por otra parte, está (ay) la propensión a corromper la opinión pública por intereses no declarados. Un individuo avispado con buenas conexiones (de nombre Ujo Pallarés) tuvo el mérito de haber contactado –eso sí– con los herederos espúreos de Catalina La Grande, y parece que arriesgaba su dinero personal (el 20% de la operación) junto con el de una compañía muy característica con sede en paraísos fiscales (un fondo de inversión suizo-luxemburgués). Pues eso.

En fin, que si el texto que comentamos es fruto de una pirueta libre del jurisconsulto PSC, lletraferit donde los haya, resulta veleidoso e indocumentado (por no decir toscamente naïf), y no está a la altura de las performances anteriores del autor.

Si es otra cosa, el asunto ya es más serio.

[Palabra de Mono Blanco]

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