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Patriotismo español

De nuevo un gran artículo de Francesc Valls en la prensa; lástima que las efigies políticas madrileñas -que parecen estatuas de sal-, no hayan podido leerlo en la edición del periódico del estado. Apareció en la separata ‘Cataluña’ del rotativo, pero nos atrevemos a reproducirlo aquí ad coram omnium.

Es que es tan simple solucionar algunos problemas fundamentales del país, antes de que deje de serlo y antes de que procedamos a consumar el mayor despilfarro histórico de todas las épocas; antes de que el mundo contemporáneo asista a otra disgregacion o desagregación territorial improductiva, absurda, estéril, que dejaría tirado en la cuneta al reciente Brexit. ¡Por favor! Sólo hay que leer bien lo que comenta Valls entre líneas, aunque lo que escribe sea literal a veces. Es que es tan fácil.

Antes de reproducir el artículo de Valls, e inspirados por él, aventuramos unas cuantas soluciones por defecto, sin coste económico ninguno (podemos jurarlo) y, en cambio, con un rendimiento estratosférico para el conjunto de “pueblos ibéricos” entre los que nos encontramos, y entre los que aún cabe la hipótesis -no obstante los políticos- de que cierta solidaridad interterritorial siga siendo posible.

He aqui la receta mágica de EMB, tres consejos ante los que se eleva únicamente una barrera mental:

1) Suprimir la palabra “nación” para referirse a España. No es incorrecto hacerlo (España es una “nación de naciones”, cuentan historiadores solventes), pero, sobre todo, amigos de Madrid, es que no es NECESARIO. ¿Por qué no sustituir la palabreja de marras, en cada acto, en cada parlamento o escrito oficial, público, etc., por la palabra “Estado”? Es sencillo, y proponemos que sea sistemático, incluyendo a TV1 y a las alocuciones navideñas de gente importante. Por escrúpulo estilístico, para no repetir “estado” muchas veces, también puede considerarse apta, en último término, la voz “Reino” -siempre que la democracia española siga conservando este recubrimiento cosmético, frecuente en sistemas europeos. Adoptar esta actitud léxica es realmente inocente. En síntesis, nos referimos a no mentar “la nación” al referirse a España, ni emplear el adjetivo “nacional” para lo mismo; emplear en cambio con profusión “Estado”, o bien “estatal” en oportunidades equivalentes: el esfuerzo es exiguo (únicamente verbal), y tanta, tanta la ganancia a conseguir…

Obviamente, el fomento del adjetivo “estatal” (nimio, técnicamente pertinente), podría extenderse a otras locuciones muy desgastadas en el vocabulario político hispano y que en muchos lugares de España suenan ya anacrónicas, como, por ejemplo, hablar de la Policía “nacional”, o de la Audiencia “nacional”. En el nuevo Libro de Estilo de la política ibérica que defiende EMB, dicha instituciones deberían pasar a llamarse Policía Estatal, Audiencia Estatal, etc.

2) Descentralizar la Administración Central; lo que no quiere decir que desaparezca, y ni siquiera que se desactive, la Administración española (¿e ibérica en el futuro?), la cual, por el contrario, debería coordinar mejor y más eficientemente un conjunto de paises en el que destacan una infinidad de vínculos, intereses y (ay) desastres compartidos. La articulación de las administraciones autonómicas (o ‘naciones’, según dicen algunos) requiere la coordinación competente, efectiva, federal, o como convenga denominarse o vestirse esta tarea crucial. El nombre no hace a la cosa. De modo que nadie está solicitando desmontar el entramado de derecho administrativo y político que hoy, como mínimo, da seguridad jurídica a la totalidad del suelo hispano. El truco no consistiría en eliminar la Administración Central (ni la llamada Administracion institucional), sino en desubicar, señoras y señores, en desubicar. Es tan elemental la idea. ¡Sólo hay que descentralizar el estado aprovechando la rica geografía española! Desubicar, o reubicar, significa expeler urgentemente a unos cuantos funcionarios y trabajadores estatales de Madrid. Escampar generosamente por la geografía peninsular un manojo de organismos, instituciones (sobre todo las vetustas), Ministerios, e incluso honorables y sonadas cámaras españolas (¿el Parlamento, el Senado…? ¿Que me dice?). Una siembra no factible pocas décadas atrás, de acuerdo, pero ahora es de una facilidad casi ingenua; está completamente a nuestro alcance en la era de Internet y de la sociedad en red; y sostenemos que sería un remedio inventivo, estimulante y sanador. Podemos patentar incluso un modelo central-descentralizado, con lo que sentaríamos un precedente en derecho político, y a lo mejor nos lo copiaban fuera. Para hacerlo, disponemos de las herramientas adecuadas (la fibra óptica se extiende por todas partes) y gozamos del marco empírico idóneo (es decir, no somos Francia): tal empeño no supondría esfuerzos considerables en pleno siglo XXI. Eso sí, el beneficio psicológico y político para la sufrida piel de toro (castigada con tanta burricie) sería inmenso…

3) Obligar constitucionalmente al máximo representante del Estado (al Rey, o al Presidente de la República, en su caso) a residir periódicamente en varias capitales españolas, por un tiempo, anual o plurianual, en una sede representativa -con seguridad adecuada- y a la altura del empleo del huésped. Para entendernos: el Rey (o eventualmente el Presidente), el jefe del estado, no sólo debería pasar una temporada en Palma de Mallorca en verano. Es obvio que da exactamente lo mismo despachar desde el rancio Palacio de la Zarzuela que desde cualquier palacete digno (y ameno, arquitectónicamente hablando), presente en cualquier parte de la geografía española. La arquitectura áulica hispana, en general, no es versallesca, pero tampoco está nada mal en muchos lugares: se encuentran ejemplos muy cosmopolitas razonablemente repartidos por distintas ciudades españolas.

Postdata: ¿porqué no rentabilizamos mental, política y centrífugamente el AVE?

A continuación, el texto citado.

Francesc Valls, El País 27-VI-2016

Patriotismo español

La idea de patria del PP está más cerca del húngaro Orbán que de la izquierda española

Los efectos psicotrópicos de las victoriosas noches electorales seguramente alteran conductas, pero tal vez tengan la virtud de hacer aflorar ideologías en su toda su rotundidad. Una de las consignas más coreadas ante una sede tan visitada por la justicia como la del PP, en la madrileña calle Génova, fue “yo soy español, español, español”. Hubo otros gritos con retranca y políticamente mucho más comprensibles dirigidos a su gran adversario: Unidos Podemos. Ese fue el caso del célebre “Sí se puede”, coreado bajo una inusual escenografía de banderas populares y de España. Pero que un partido que hace gala de no ser nacionalista, porque es antitético con su supuesto constitucionalismo, emplee tanto el orgullo patrio comienza a ser sospechoso. Es el juego que con menor sutilidad dialéctica emplean esa lista de gobiernos populistas que pueblan el Este de Europa.

¿Por qué gritan “yo soy español”? ¿Por qué Mariano Rajoy, en su tan improvisado discurso desde el altar de la patria la misma noche de las elecciones, dijo que el PP era un partido español? ¿Alguien lo había puesto en duda? ¿Hay que ser del PP para ser español? ¿Era para reforzar su perfil de bastión frente a la masonería internacional, el comunismo y el separatismo? ¿Era una respuesta a ese mapa de España en el que solo dos nacionalidades —Cataluña y el País Vasco— escapan al uniformismo azul?

Lo lamentable e inquietante del caso es que quienes han hecho un uso partidista de las instituciones democráticas pretendan erigirse en guardianes de las esencias patrias. Las conversaciones que hace solo unos días trascendieron entre el jefe de la Oficina Antifraude de Cataluña y juez en excedencia, Daniel de Alfonso, y el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, son un ejemplo de su visión torticera del Estado de Derecho. Estas comunicaciones telefónicas entre dos patriotas —de Alfonso se autojustifica con un rotundo “soy español”— publicitadas por el diario Público ponen en entredicho todas las acciones que la Fiscalía y la inagotable Abogacía del Estado han generado, siguiendo órdenes del Gobierno central, contra, por ejemplo, los organizadores de la consulta del 9-N. ¿O qué decir de los escritos apócrifos de la UDEF contra políticos independentistas que elaboraba un grupo de policías —como desveló este diario— supuestamente dirigidos por Eugenio Pino, director adjunto operativo de la Policía del Ministerio de Interior?

Hay muchas maneras de sentirse español, pero sólo hay una de entender las libertades y el Estado de Derecho. La idea de patria del partido que ha impulsado la ley mordaza está más cerca de la visión del premier húngaro, Viktor Orbán, que de la izquierda española. Nada se parece tanto a un populista español como un populista húngaro.

Las urnas han arrojado el 26-J un mapa preocupante. El PP gana en toda España excepto en Cataluña y el País Vasco. El partido más inmovilista respecto a la situación catalana volverá a gobernar en España. ¿Qué oferta hace ante el laberinto catalán? De momento, el don trancredismo y la guerra sucia policial contra el independentismo han sido las credenciales de Mariano Rajoy en sus cuatro años al frente del ejecutivo. Afirmaciones patrióticas como las de la noche electoral no ayudan a desencallar situaciones que precisan mucha cintura política.

La hoja de ruta de los independentistas catalanes, que llegaron al 48% de los votos en las últimas elecciones catalanas, aparece a ojos de una parte del electorado como una confusa aventura, muy parecida a una declaración unilateral de independencia sin un triste aliado internacional. Quizás eso explique la segunda victoria consecutiva en unas generales de En Comú Podem. Hay una voluntad explícita de al menos una cuarta parte de los votantes catalanes de buscar una solución que pase por un referéndum acordado. Pero si el PP no cambia su estrategia y pone sobre la mesa una propuesta hasta ahora inexistente, la situación seguirá enquistada.

La continuidad de la recentralización y el uso torticero del Estado de Derecho, desarrollado en la última legislatura por los populares, da alas al independentismo catalán. Ya sucedió con la Esquerra de Josep Lluís Carod-Rovira. Los republicanos obtuvieron sus mejores resultados en votos en unas generales cuando la versión más montaraz del PP imponía su ley. Encastillarse pensando que ya bajará el suflé, al tiempo que se potencia el nacionalismo en el extremo opuesto no parece lo más inteligente. Acostumbra a pasar lo contrario.



[Palabra de Mono Blanco]

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