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Hábito del agrimensor

Un hombre va a medir un campo donde se cultivan hortalizas. Y resulta que -nada más llega- el campo se convierte en un ‘solar’ por arte de magia, cambio de denominación aparentemente inocuo, si se puede expresar así. Poco después llaman al lugar ‘parcela’. Dicha parcela es aún medible como superficie en metros cuadrados, no como volumen, y menos como volumen de negocios, aunque esto último llega por sí solo, dado que el agrimensor conoce su oficio (hecho con vara, cinta o maquinita de ultrasonidos) y se abstiene de efectuar ningun trabajo que no sea por cuenta propia. Y entonces aparece el catastro, una red mucho más antigua que Internet. El catastro es una red geométrica de propiedades por la que cruzan carreteras, vías de tren y aeropuertos, que otorga una especie de patente de corso. El catastro es neutral, pero curiosamente, al cabo de unos veranos, legalmente la parcela deja de ser mensurable y rebasa la ciencia de la medición -nacida en la época de los egipcios-. El hombre se va. El campo a medir se ha transmutado de iure y de facto en chalets adosados intangibles, pues el “activo” (nuevo nombre) se ha metamorfoseado en viviendas pareadas, cada una con tres plantas, solarium y jardín.

Posteriormente hay un cambio de titularidad, y los inmuebles se derriban, con lo que los dueños unipersonales desaparecen -y con ellos las responsabilidades-, de modo que sigue flotando por la zona, ahora llena de zanjas, la magia inicial. Se constituye una sociedad, una sociedad anónima que asume el coste del bloque de apartamentos subsiguiente, enorme y bien cimentado, con lo cual, si se piensa, continua la magia; pues ¿alguien anónimo puede erigir algo tan “concreto”? (esta palabra asume su acepción anglosajona: hormigón armado). Gracias a una recalificación urbanística, of course: pasito de paloma, vuelo de águila. Ciertos políticos finalmente llegan al gobierno, y gracias a un crítico de arquitectura que tilda de “búnker” y antidemocrático lo que hay, en un abrir y cerrar de ojos consiguen tirarlo abajo, y levantar un rascacielos en tiempo récord, en las mismas coordenadas GPS del campo del principio, pues las estrategias constructivas han avanzado una barbaridad.

¿Qué ha pasado, mientras, con el buen agrimensor, heredero de un oficio que los egipcios practicaban para “recalificar” el cauce del Nilo ante sus subidas periódicas? Pues que se ha jubilado, y decide un día ir a comer con su mujer al restaurante panorámico de la cima del coloso, no en vano costeado en parte por el Ayuntamiento y sus técnicos de management. El ex-agrimensor repite para sí, con obsesión neurótica: todos los ciudadanos formamos parte de la comunidad, y hemos pagado el quíntuple de lo presupuestado en el caso del rascacielos. El restaurante-atalaya es brutal gracias a nuestros impuestos y es famoso en la comarca. ¿Porqué no probar sus productos vegetarianos u hortofrutícolas, licuados y presurizados, muy caros, pero exclusivos y exquisitos? El diablo se regodearía en el pecado de la gula. La web dice que son un auténtico deleite.

Desde ahí arriba, después de mirar el plato vacío, el agrimensor se relaja, bosteza, medita, estira el cuello, y consigue divisar, muy lejanamente, a través del amplio ventanal, un campo remoto donde atisba hierba alta, vegetación desordenada, piedras, hileras de árboles, a lo mejor viñas… ¿Aún posible? La cuerda de su memoria se alarga, pero la billetera está vacía… El vino -malo, pero aparentemente bueno- se le ha subido a la cabeza.

[Palabra de Mono Blanco]

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