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Inhóspitos armarios

Febrero 2019

¿Cuántas veces lo hemos dicho? ¡Ha salido del armario! Imputamos a veces a gente diversa, de manera inexacta, haberse convertido en una especie de okupa en un mueble incómodo, y con toda seguridad, estrecho. Afirmamos metafóricamente que algunos individuos del sexo masculino “salen del armario” de buenas a primeras, cuando en realidad no estuvieron verdaderamente en él, o al menos en apariencia, o al menos -concedamos- no durante el suficiente tiempo como para hacer oportuna la expresión que se ha extendido y que se usa con cierta ligereza.

En el teórico interior del mueble, el culpable encajonado (con frecuencia casado, marginado y ridiculizado) pudiera ser reo incluso de espiar a su pareja femenina por el ojo de la cerradura, mientras ella haría quizá el amor con otro varón; es decir, permaneciendo ella en estado de acoplamiento carnal con un verdadero y auténtico macho, para seguir con la misma insidia, facecia o hipótesis.

Tal despilfarro de hombría no existe en el universo; sin embargo, los clisés aparecen a menudo, y puede que, en efecto, un caballero del género masculino “salga del armario” y nadie se inmute en las inmediaciones. Porque suele acontecer -entre otras cosas- que el descubrimiento no valga la pena.

Sin embargo, el tópico del descubrimiento del rival en la alcoba del prójimo se relaciona justo con el mismo mueble: un armario. Se desconoce el vínculo de un supuesto con el otro, pero es así. En ocasiones, el rival (furtivo) pudiera tener una constitución enclenque, lo cual ni quita ni pone énfasis. Cristóbal Colón -que era de complexión media- descubrió América, y no es un trauma para nadie excepto quizá, hoy en día, para los americanos. Hoy el adulterio mediante intruso mobiliario ha perdido aura y cualquier pedigree, es éticamente inocuo, y la mayoría de las veces pacífico, y ni siquiera se celebra en los chistes. Aquel que en su discurso dice que en su dormitorio abrió la portezuela de la ropa para descubrir que había alguien dentro que dice oh, sin prendas, de la manera más naif posible, no está recurriendo, como si dijéramos, a un Deus ex Machina para el público que atiende la narración. Nadie se conmueve a estas alturas. Es inútil ponerle guindas. La anécdota se ha vuelto trivial e incluso familiar. Hay -es factible- connotaciones exóticas por las que se visualiza a la mujer (siempre vecina) con un individuo que no habría pasado nunca por la vicaría o por el juzgado. Y qué, diríamos. El episodio suele ser, por otra parte, independiente del género masculino, femenino u otro: regularmente estos cuerpos aparecen como ovnis sin orientación, según un paradigma extendido entre los psicoanalistas, por el que uno nunca es uno, es decir, su “yo y su circunstancia”, sino que es siempre, irremediablemente, el Otro, alguien llamado: Fulano, Mengano, Zutano (e incluso Perengano y Esperancejo, añaden en Cuba). Además, los lacanianos afirman que “la mujer no existe”.

Si para un tercero es irrelevante el tenor de estas acusaciones (fantasmales en cualquier caso), para el tipo penal de acoplamiento adulterino se añade la infamia para quien abre la puerta de las perchas y enuncia un desapasionado “hola” ante uno o dos seres que se encuentran(n) allí presente(s) en cuerpo y alma, quizá copulando como conejos, de vuelta a lo suyo si son marido y mujer, y no en la cama como deberían. Lo dicho: no pasa nada. Todas las ubicaciones son posibles. Estamos acostumbrados. Pero es verdad que en los acontecimientos in fraganti, cualquier oyente de la historia se retrae un mínimo, si no es un analfabeto.

Todo lo expresado indica que los más mayores, incluso los de mentalidad más carca, han vencido como Viriatos a clisés y estándares, y todo a cuenta del folklore popular. En supuestos judiciales suele haber incluso juegos de palabras. Por ejemplo: ¿Cómo se pronuncia ‘divorcio’ en griego? Atrapalos Enkopulas

Volviendo al inicio, sobre lo que quiere decir verdaderamente “salir del armario”, el tema da para muchas especulaciones. Por contra, sobre las vicisitudes de la heterosexualidad regular -la cual sigue siendo estadísticamente predominante-, no hay tantas.

Se ha de distinguir la mera calificación u opinión de lo que es inexactitud y falsedad, tal como hizo Santo Tomás de Aquino, que vivió cincuenta años y debió ver muchas excepciones.

Pongamos, ya puestos, un cincuentón que ha tenido mujer e hijos, y que súbitamente manifiesta y difunde que es claramente homosexual y que le gustan los hombres (casos: los que se quiera); estamos aquí en la corrupción del tópico, y sobreviene el ensalzamiento del ideal psicoanalítico: “el deseo del hombre es el deseo del deseo de la mujer”. De nuevo, decanatos de hombría no existen, aunque se afirme comúnmente, en la Facultad del sexo, siguiendo ciertos patrones, con cierta frivolidad, que “ha salido del armario”…

Hay frivolidad, pero un poco es inferencia, porque este pensamiento supone erróneamente la continuidad del carácter de una persona a lo largo de la vida, una cuestión sobre la que muchos teóricos, dramaturgos, e incluso filósofos, como Santo Tomás de Aquino, han mostrado sus reservas (y no olvidemos que, a cualquier edad, con independencia de su reputación, el enclaustrado siempre elige: ¿salgo o no salgo?).

El interpelado podría no estar realmente en “el armario”, sino encerrado en otro tipo de recinto. Pudo ser un asalariado camuflado y confundido en lo que antes se llamaba un meublé, o quizá un empresario que cohabitó -décadas atrás- con una secretaria suya licenciada en Románicas y de pecho protuberante (antigua modelo, a la que obligaba a no llevar bragas), o simplemente pasó mil horas en la butaca de la sala deseando al presentador del telediario, o al ganador de un teleconcurso, a un metro de distancia, y tocándose la mandolina.

Por otro lado está la mujer casada, la pareja de este macho alfa (o véte a saber) considerado aquí, que puede no haber sido fiel toda la vida, e incluso puede no haberlo sido nunca, e incluso pueden haber estado coqueteando los dos en el engaño desde el “sí, quiero”. Cualquier momento es bueno para la sorpresa (dar un vuelco a los apetitos libidinosos). Sin perjucio del comportamiento que suele darse entre heterosexuales de la misma acera, como si dijéramos, hay también el insumo de la procacidad mínima -quítame allá esas pajas- que en ocasiones atrae a un miembro de la sociedad, o aquel que ha cambiado sus hábitos, su ego, su recóndito y lúbrico ser, no por una alteración de la durée bergsoniana, sino, sencillamente, por culpa de un porrón de años. Todo muy prosaico, pero la monotonía hace llaga, dicen los sexólogos.

Por tanto; se puede entrar en el armario por un lado y salir por el otro. El tiempo hace virguerías. Se puede entrar por la despensa de la cocina y salir por el aparato del aire acondicionado (verbigracia: alguien de un dúo que se torna obsesivo-mórbido, y luego travestido, como Paul Preciado), o aparecer por los estantes de la biblioteca (cambio en el objeto del placer) o incluso salir por la ventana del office, o por la ventilación del bathroom (como en una canción de los Beatles), o por el sótano frío y duro de la mansión -donde existe un gabinete de correajes-, etcétera. Hay personajes beneméritos que antes de entrar en el armario han estado en lugares pintorescos, mazmorras que pueden ser cuartos del amor, u otras concavidades ampliadas sobre las que no pensamos de modo sistemático, o a las que no se suele mencionar, aludir ni maldecir; quizá fueron de tránsito, bien que hayan resultado misteriosas, y por eso se han abandonado en el túnel del pasado.

¿Y qué opinar de los lugares más profundos e inquietantes de la conciencia humana, tras siglos y siglos de usar los homo habilis habitaciones virtuales -llámense circunvalaciones- en el cerebro? De hecho, uno puede alojarse décadas y décadas en estos refugios íntimos, antediluvianos y enigmáticos (“humanos, demasiado humanos”, diría Nietzsche), y luego -aclaradas algunas ideas básicas- dar un paseo por los alrededores buscando rollo.

No pongamos límites al porvenir.

[Palabra de Mono Blanco]

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