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John Wayne y la paga extraordinaria

(Noviembre 2011)

Kirk Douglas afirmó una vez que el único problema que tenía John Wayne es que creía ser John Wayne. Lo dijo Kirk, sabiendo que un egoismo desatado no era raro en celebridades como él mismo, y puesto que también lo padeció Johnny Weismuller, gritando su famoso alarido en el lecho de muerte. ¿Porqué John Wayne tenía la manía de que él, realmente, era John Wayne? ¿Narcisismo patológico? El nombre de pila del actor era Marion, no ‘John’, lo que lo afeminaba un poco, y le orientaba como reacción a la masculinidad de un rol al final absorbente. Aunque el motivo básico que hizo al hombre (Marion Morrison) confundirse con el personaje (John Wayne, 1907-1979) era otro: era que no tenía paga extraordinaria.

John Wayne, idéntico a ídem, en la última etapa de su vida saludaba a sus admiradores al límite del rancho que poseía, donde existía un riachuelo, siempre con atuendo western -sombrero Stetson, botas de montar, etc.- y con un rifle pegando tiros al aire; por carecer de paga extraordinaria, claro. Dato que los fans de la otra ribera del río, que acudían a los aniversarios del héroe, enfervorizados por la adulación y el clamor, obviaban. Y nosotros ahora, también.

Es que no requiere prueba: ¡el bueno de Juan Boina, figura del Hollywood mítico, no la necesitaba!

Abordemos el tema laboral, sin rodeos. A un hombre estándar le quitas la paga extraordinaria, y ¿qué te queda? Un tipo sin personalidad, sometido a un ego fantasma, es decir, resta la biografía de un asalariado X en el aserradero. Permanece la rutina (y ello en la hipótesis optimista de haber trabajo) de la frase “cada vez lo mismo” salida de la autoconsciencia de cualquier hijo de vecino. Pues bien, al asomar la cabeza huyendo de una nómina seriada, submileurista, la única opción digna para un sujeto es… la paga extraordinaria, sí, esa paga doble que es un pasodoble, hito social e imaginativo donde los haya, la cual –primera tesis– es utilizada por gente de calle, simples mortales, mucho más psicológicamente que en efectivo.

Porque en el subconsciente común, uno no es nadie sin la paga extraordinaria. Se contempla uno en el espejo y sabe que, escuetamente, su yo no existe. La paga extra es, por esta causa, incentivo e inventiva, un artificio contable (quitar un poco de cada mes arrejuntándolo aluego); un chute de adrenalina que nos convierte en interesantes… El glamour de los iconos del cine no reside en su paga extraordinaria, pues es evidente que no la han tenido jamás, entiéndase, al poder bañarse en sus piscinas de Bel Air directamente. Así, la vulgarización del olimpo cinematográfico podía llevarse a cabo sólo, y por tanto, gracias a la movida de volverlos mínimamente castizos, lo que ocurrió hace décadas en el lenguaje popular hispánico. Representantes de la era dorada del cine se convirtieron de repente, por estas latitudes, en Juan Boina (John Wayne), en Moncho Gil Ruiz (Montgomery Clift), en Pedro Herramienta (Peter O’Tool), en Humberto Gárate (Humphrey Bogart), en Gregorio Peca (Gregory Peck), en Gabi Copas (Gary Cooper), en Tirano Poderoso (Tyrone Power), o en Berto Plasta (Burt Lancaster).

Chanzas que trataban de difuminar el aura de las estrellas, es verdad, pero un modo de ponerlas a la altura del ciudadano corriente, porque, por descontado, ninguna de ellas disfrutaba, ni disfruta, de paga extraordinaria.

La segunda tesis es la siguiente: al considerar los astros del cinematógrafo olvidamos a los políticos, y aquí íbamos; lógico, lapsus debido a que el atractivo de los políticos está por los suelos, es menos que cero. En este país no sirven ni de entretenimiento para una revistilla cultural. Un político normal ya es de por sí ramplón, gris, mediocre como la medida de su gremio, y no puede nunca renunciar a su paga extraordinaria. Es lo mínimo. Autoanularse la paga es dilapidar la pizca de autoestima que pueda recaerle de cara a los votantes. La población presupone que les queda un ápice de pundonor. Se acepta que un político cobre su sueldo, no trivial, lo que le vuelve ínfimamente plausible, aunque esté sodomizado por el mercado. Es su trabajo, vamos a decir (el cobro, no la sodomía). Vale. Pero si un actor famoso puede pasar sin paga extraordinaria, un político no, de ninguna manera. En el contexto actual, es peligrosísimo. Ningun político puede ser tan cándido como para renunciar a la paga extra, igual que ha propuesto todo un presidente de Cataluña, a la brava, recientemente, como si fuera el veterano John Wayne con su Winchester, y llevando a los consellers a un OK corral suicida. Desde el punto de vista de la imagen, es una salvajada tan grande como la torre central de la Sagrada Familia, que menos mal que no existe. Definitivamente, gestos así roban a un político el último átomo de carisma que pueda quedarle.

Sostenemos en firme que, quitar por quitar, hubiera sido mejor prescindir de los cruasanes o las ensaimadas del catering diario del Parlament, o bien, antes de dinamitar este toque de honra y de realce, suprimir lo que es mismamente las guindas de los pastelillos de los almuerzos institucionales de sus señorías, en el palacete de la Ciudadela.

[Palabra de Mono Blanco]

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