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La obscenidad de Madrid

Marzo 2023

Xavier Rubert de Ventós creó una categoria gramatical en sus clases universitarias cuando retorizó sobre la “etimología-ficción”: consistía en un origen fabulado de una determinada palabra con el propósito de explicitarla. Por ejemplo, barroco derivaría de barraca (de feria). Etcétera.

Viene a cuento lo anterior porque quizá el presidente del Gobierno Pedro Sánchez lo esté haciendo bien, y sus equilibrios tácticos sean lo que conviene en este momento histórico. Es cierto que, en la actualidad, la política camina por un alambre muy delgado en España, por no hablar de la política catalana, donde el funambulismo del president Pere Aragonès también causa pasmo.

La tensión no decae, y a pesar de ello, lo grave de la situación política española no varía. La relevancia de Madrid sigue siendo obscena en el sentido de aquel malabarismo verbal de Xavier Rubert de Ventós (ob-scena = que está fuera de la escena). El gobierno de España será un invento, pero ignora que la sobrevivencia no reside en una coalición, ni en un gabinete-cremallera, ni en las políticas de igualdad (innecesariamente polémicas), ni en cierta perspectiva económica más o menos halagüeña. La clave es algo ancestral y como transparente (a los madrileños), un marrón que ha estado ahí toda la vida. Permanece delante de las narices del presidente del gobierno, desde que lo es, pero como si no.

Es el problema más acuciante del país.

En cambio, José María Aznar, lo ve todo. Este paisano celebra su cumple delante del “tout Madrid” (hace pocas semanas) como si España fuera su cortijo. Aznar es una mente esteparia con un toque vintage (el abuelo navarro, periodista, seguramente era buena persona), y un CV personal del cual –que se sepa– sobresalen unas oposiciones a Hacienda como único y modesto trophy (dicho con el permiso de la exalcaldesa de Madrid)… Aznar lo borda de verdad: con lo mínimo, hace lo máximo: llega a presidente del Gobierno.

Nos reíamos mucho con el teleñeco de este funcionario, pero óptimamente refleja el state-of-the-art de la piel de toro, es decir, de la frustrada serie de televisión Hispania. No hay un regocijo general, es verdad, pero los políticos de Madrid siguen cómodos en esta obra putativa de La Moncloa, y, por supuesto, de La Zarzuela. ¿Título de la tragicomedia? El ocultismo del centralismo. ¿Sería una sitcom, o bien es un problema de Sánchez y su eminente compañía (el Rey…) encuadrable en el psicoanálisis? Nos tememos que es peor, y Aznar “el desenvuelto” lo sabe: están ciegos porque ellos mismos se tapan los ojos. De hecho, los oftalmólogos conocen casos en que la fisiología del invidente parece normal, porque el daño está en las conexiones neuronales o cerebrales más profundas.

Esta patología reprimida, histórica, impúdica, la padecen por igual Sánchez, Aznar (al que no le importa ver monstruos), y hasta personajes como Juan Luis Cebrián, quien acaba de pergeñar un texto contra los que vituperan sistemáticamente a la Transición (penúltimo capítulo de la serie). Cebrián se enfrenta en El País al singular Ignacio Sánchez Cuenca, un populista con cátedra que diserta según el zeitgeist: demagogia para las masas; e indulgencia para los independentistas. Pero ni el crítico ni el criticado, en ese artículo, aluden al problema, al nudo de la cuestión.

Ni lo mentan, es sintomático.

A esta especie de somnolencia se le ve el plumero. Desde la periferia, Ximo Puig –presidente de la Comunidad Velenciana– la ha diagnosticado correctamente. Ha manifestado por activa y por pasiva que lo más opuesto al interés de España es precisamente ese vacío innominado, cohibido y endémico en el meollo de la cabeza pensante de los que mandan, y hacen como que duermen. Desde hace siglos hay un plus de riqueza de Madrid no generado por un espíritu arcangélico, sino por “el sustento público estatal y las economías de aglomeración”. En 2019 Puig declaraba que Madrid reúne a 150.574 empleados del sector público estatal, casi un tercio del total. “Son más funcionarios estatales que afiliados a la Seguridad Social en 22 demarcaciones provinciales”. Añadía que nueve de cada diez contratos del estado se gestionan desde Madrid y cerca del 60% de las adjudicaciones se hacen a empresas residentes en la capital. Por último, las rebajas fiscales para las rentas altas gracias a las ventajas de la capitalidad suman, según Puig, 4.500 millones de euros, es decir, un dumping fiscal asombroso.

Por otra parte, hay un dictamen de un sabio de las finanzas y ex de La Caixa, el gallego Antón Costas. Luciendo su neutralidad de siempre, Costas dijo en 2020 que el repliegue histórico del Estado en los territorios, con la privatización de empresas públicas y la concentración de sus sedes en Madrid, junto a los nuevos organismos reguladores surgidos con la privatización y la liberalización, eso, era lo más tóxico de nuestra economía.

Pasan los quinquenios, las décadas, y una solidez granítica, a prueba de fantasmas y molinos, queda en la concentración de poder orgánico, económico y mediático de los madriles, que inicialmente fueron una aldea. Este dislate histórico ha sido vulgarizado en libros como “La Gran Expropiación” de Jesús Mota, e innumerables textos y documentos, como, por ejemplo, varios artículos periodísticos de Xavier Vidal-Folch.

Vidal-Folch escribió en 2021:

“… En ningún otro Estado compuesto es tan feroz la concentración de organismos…”

“…El reparto capilar del poder central en varias ciudades es clave para el proceso autonómico…”

“…En Madrid siguen sentados en sus reales el Museo Naval de la Armada, la Dirección General de la Marina Mercante o el organismo público Puertos del Estado. Y así hasta el infinito, pasando por el Organismo autónomo de Parques Nacionales, tan necesitado de centralismo próximo a la naturaleza; o incluso el nodo de control del Corredor Mediterráneo. La arquitectura de la Administración General del Estado (AGE) empieza en la estación ferroviaria de Atocha y acaba en la plaza de Castilla. Todas las sedes de los organismos estatales –con alguna excepción para confirmar la regla– radican allí… para uso, disfrute y gestión de las élites extractivas de los altos cuerpos de la Administración y adláteres, surgidos éstos de la fusión entre la burocracia, las altas finanzas y el diktat administrativo sobre las provincias irredentas, hoy vaciadas…”

“…Esa burda anomalía no se registra en ninguno de los Estados compuestos –sean regionalizados, autonómicos o federales– del orbe democrático avanzado. En el centrípeto esquema federal de EE UU, proliferan las agencias públicas fuera de Washington. No solo algunas principales –la de Control y Prevención de Enfermedades, en Atlanta; o la de Alimentos y Medicamentos, en Silver Spring–, sino muchas otras de menor empaque. Como las de Salud de las Minorías, Servicios de la Salud o Seguridad en el Transporte. Por su lado, en la República Federal de Alemania, la distribución institucional es honda. De los 14 ministerios federales, ocho radican en Berlín y seis en Bonn. El Bundesbank habita en Fráncfort. El Tribunal Constitucional, en Karslruhe. Y desde luego, la Agencia Federal Marítima e Hidrográfica no es vecina de la capital, sino de la Ciudad Libre y Hanséatica –portuaria– de Hamburgo…”

En resumen, en España la retahila de obscenidades (en sentido hondo) sería interminable, igual que la aparente invulnerabilidad de los concernidos. El presidente del gobierno, de silueta hábil, y su elegante cortejo (doquiera que lo haya), deben ver delirios, pelusas, resquemores, en este recuento de apuntes. Si es que notan las cosquillas.

Pero no es un memorial de agravios. Imaginemos otro pormenor, un pellizco, a ver si alguien despierta de una vez: véase la gigantesca prosperidad del tocho en la villa de Madrid, ciudad-icono que condensa el pelotazo que ha deformado la faz de toda la geografía española en las últimas décadas. La ley de Aznar fue decisiva, y la nueva escalada del sector de la construcción es demencial, pero es como si oyeran llover (¡es que no llueve casi nunca!). Hoy la llamada “operación Chamartín” es un festival de hormigón que se sumará en breve al accidente invisible que todo progreso conlleva, según Paul Virilio; o bien, será la consagración de la categoría de lo “Real” de Jacques Lacan, incorpórea y esencialmente escatológica. Es decir, el espectro del Pocero elevado a la enésima potencia, en los mismísimos madriles. En la salvajada del crecimiento de la capital (la ciudad más latinoamericana de Europa, en la acepción funesta –por entrópica– que utilizan los urbanistas) nadie ve nada, y menos desde la España vacía… ¡porque no queda un alma en la meseta para otear las cuatro torres de la Castellana! La Business Area fue el fruto del chanchullo inmobiliario más pornográfico del orbe, incluyendo la erección de los pepinos de la City londinense. A estas curiosidades se añadirá ahora -quítame allá esas pajas- la operación ‘Madrid Nuevo Norte’, faro, guía y emblema de la nueva industria española, la más productiva del mundo. Hay un barrio por ahí que se llamará “Nueva España”.

No hay parámetros para juzgar un ladrillo mental de estas características. La invisibilidad, la obnubilación generalizada, la especulación desatada, el lastre del poder ejercido durante una eternidad, la infamia del “uno pasaba por ahí”, o el casticismo del “yo es que me vine a Madrid”, es lo que tienen. El mito de Madrid es un timo.

Link relacionado (Dic 2023):
Madrid me mata



[Palabra de Monoblanco]

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