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Ho esto ho lo otro

(Abril 2013)

O bien TVE o bien TV3, ya funcionando ambas, a su modo, como Telemadrid en sus mejores momentos, lo predijimos en estas páginas: en vez de senyeres, sólo salen estelades en la televisión oficial catalana. Birrioso dilema conceptual el de tener que ser o nacionalista españolista (madrileño) o nacionalista catalán. Intelectualmente, una disputa a la altura de las cloacas. Lo vaticinamos. ¡Si es que las ideas de esta gaceta cultural no son tan exóticas!. Tiempo atrás publicamos un artículo para intentar salir de esas coordenadas absurdas que se titulaba “Madrid, la culpa de todo”, por el que recibimos críticas, pero cuya versión galaica acaba de surgir ahora y nada menos como libro, de encabezamiento suave, es cierto, pero con un contenido fabuloso que remacha las alusiones de la maliciosa Barcelona: “Madrid es una isla” es el título que comentamos hoy (Libros del Lince). Se trata de un discurso interesantísimo producido por un señor gallego de Vigo, Oscar Pazos, quien apuntala el sentido de nuestros razonamientos de entonces, y suelta perlas como las siguientes:

“La hipercapitalitzación de Madrid ha tenido un coste enorme, que es la supremacía de la política en España […]. El resultado es la debilidad de una economía subsidiada e improductiva, el fomento de una cultura funcionarial y adocenada, y de una sociedad carrinclona, apática e inerte que ha contagiado a un país subordinado y dependiente del poder”.

El juicio de Pazos, sumarísimo, es que el fracaso de España, como estado y como proyecto, es atribuible en primer lugar a su capital. Pazos se expresa con sosiego; nada de una supuesta envidia o rencor de la periferia peninsular, sino desde una población que no es capital ni lo ha sido nunca, y por tanto con una perspectiva más que correcta. Sin perjuicio de que, en nuestra opinión, Vigo –como Barcelona, o como Huelva– pudiera ser políticamente relevante en España si –en la ejecución hipotética de soluciones drásticas y alternativas para el país– se descentralizaran parcialmente, o territorialmente, muchas de las funciones estatales apelmazadas hoy en la capital.

El autor en ciernes aventura que los madrileños no entenderán ni jota del libro, porque llevan disfrutando de prebendas demasiado tiempo, por la cara, porque sí, por el hecho de ser el ombligo político del reino: ellos sienten en sus íntimos fueros que no hay que dar explicaciones de nada. Para los madrileños-madrileños, subraya nuestro autor, el libro ha de parecerles un incunable escrito en arameo, un libelo indescifrable, o en todo caso algo similar a la parábola de un país imaginario presidido por un monarca loco. Ceguera de allí incomprensible en el resto de España, y mucho más en Cataluña, y por eso nos regocijamos al vernos acompañados por alguien más en el club, en efecto, nuestro amor por Galicia en estos instantes es inconmensurable; es un placer comprobar cómo, al margen de controversias que nos devuelven a riñas pueblerinas del siglo XIX (regresión en uno y otro bando: propaganda TVE y TV3), hay quien ofrece nuevas reflexiones, frescas, diferentes. Respiramos.

Oscar Pazos (¡y que viva Vigo!) primero analiza y después desmenuza y razona, pues los fenómenos tienen su lógica. Y el origen de Madrid como capital del imperio también. “A Felipe II, convertir en capital Madrid le permitía construir un estado absoluto sin tener que dar explicaciones. Era un dispositivo fácil para sustraer poder a las ciudades, y administrar territorios extensos desde su retiro. Construyó su pequeño mundo desde el que gobernaba en solitario” Madrid es, en su arranque urbano, un retiro como lo fue después Versalles para los Borbones franceses. Sólo que –la petite difference– Versalles no sustituyó a París, pero Madrid sí sustituyó a Toledo.

“Hay un momento clave en el siglo XIX en que la corte se transforma en una capital”. Claro, siempre a partir del drenaje de recursos de la península, básicamente en lo que hoy se llamaría “fuga de cerebros”. Si las cosas pasaban indefectiblemente por Madrid, todo el mundo había de dejarse ver por allá, e incluso quedarse. “El negocio de Madrid es acumular poder”, sentencia Pazos.

El dibujo de la España radial al servicio del centro ha sido analizado recientemente por Germà Bel en su “Espanya capital París” (La Campana, 2011) -impecable en los datos, pero a veces parcial en las estimaciones-. Nuestro autor de Vigo es neutro, va más lejos y muestra cómo la pujanza económica madrileña es fruto de decisiones que tienen poco que ver con el interés común. “En el siglo XIX, se intentó llevar la industria a Madrid; el hierro, el ferrocarril, las armas, porque el poder siempre quiere tener cerca los recursos para mantenerse y volverse aún más poderoso. Igual que un capitalista pretende acumular dinero, el capitalismo político de la capital de España quiere acumular poder y más poder”.

Lo raro del caso descrito por el ensayista gallego es que Madrid vela por su estatuto únicamente. La región que la engendró, Castilla, ha sido la primera víctima de su rapiña, el primer cadáver del expolio despiadado de la capital. “Madrid no nació como una capital española, sino como una capital de los Austrias. No tenía ningun vínculo o interdependencia con Castilla, como París sí lo tuvo con las tierras de Francia: Madrid era un invento de geómetra, en cierta medida similar a lo que hoy es Bruselas como capital de Europa”.

Los viajeros del siglo XVII, prosigue Pazos, se sorprendían al toparse con una ciudad enmedio de la nada, enmedio de una meseta con apenas población. El crecimiento de Madrid tendía en efecto a arruinar lo poco que hubo a su alcance, sin miramientos, como un animal –hoy un monstruo urbanísticamente hablando– de apetito insaciable e implacable. “Madrid nunca tuvo consciencia de la responsabilidad de su dominación, ni de la responsabilidad de ninguno de los fracasos de España”. Viene a decir Pazos que hay un adormecimiento genuino de Madrid, que hace que cualquier desgracia experimentada por el conjunto político al que supuestamente da cabeza, a nivel del estado, les pase un poco por encima, o “les resbale”. La culpa por los infortunios españoles nunca es de Madrid.

Pazos, por otra parte, y en esto hay que detenerse, considera que las autonomías han repetido los mismos errores crasos de la actualmente capital -que podría no serlo-; lo que concuerda, dado que la tesis es idéntica, con el artículo ya histórico de esta revista. “Al crearse las autonomías se crearon mini-centralismos, como el que vivimos en Galicia con Santiago. Las inversiones se mueven hacia donde están los políticos”. Y este esquema de funcionamiento explica también el estallido de la corrupción. “Un sistema centralizado del poder siempre favorece la corrupción y la ineficiencia”, constata el autor.

Idónea y especialísima es esta última consideración de Oscar Pazos para alejar los fantasmas más cándidos del nacionalismo catalán, que puebla los medios y la prensa patria en Barcelona y alrededores, y que ha menester seguramente de otro argentino (¡uno más!), descontando al Papa y a Messi. Alerta, necesitan un buen psicoanalista que les explique porqué Cataluña cuando dice amor quiere decir sexo y quizá desee independizarse definitivamente de Madrid-Madrid (¿no lo deseamos todos?), pero quizá haya otras maneras de que Cataluña se relacione inteligentemente con sus vecinos (vecinos de rellano, no lo olvidemos), es decir, con el resto de lo que ha venido en llamarse geográficamente las Españas, o Hispania, o Spain, etc. Para sintetizar, para acabar y para entendernos: no podemos concebir una imagen más ridícula que un catalán viajando a Menorca o a Mequinenza, por ejemplo, con el pasaporte en los dientes; y en consecuencia, tal como se adivina en este libro, hay aire, hay espacio, hay oxígeno para discusiones y debates, etc., fuera de la biunívoca, obligada y patética oscilación a lo bestia, a lo bruto, entre Cataluña y “España” (sin la más mínima decencia cartográfica).

Mentecatos de uno y otro bando: ¿pero qué es España? Y a los periodistas de TV3: ¿no os dais cuenta de que en los boletines meteorológicos que vosotros mismos difundís sale el mapita dels Països Catalans incluyendo Valencia y las Baleares? ¡Obvio! ¿Porqué independizarnos de ellos, si son nuestros hermanos (por cercanía y por lengua)? El problema es expulsar a Madrid, no a España. Habéis conseguido que todas las tierras ibéricas próximas -nuestros aliados naturales- nos odien…

[Palabra de Mono Blanco]

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