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Cosas que no deberían estar ahí

(Mayo 2007)

Barcelona hizo un cambio espectacular de su fisonomía abriéndose al mar. Era un asunto de gran envergadura, pero evidente y palmario: la ciudad sufría una muralla-tapadera hecha de viejas instalaciones portuarias, tinglados roñosos e infraestructuras industriales que impedían el contacto con el mar. Era obvio que todo eso era obsoleto y no debía estar ahí, y afortunadamente se eliminó. El impulso de la candidatura olímpica del 92 y los trabajos de la apertura marítima de la ciudad fueron liderados por un arquitecto mediocre, pero con una capacidad de mando, de seducción y de coordinación notables, sinó excepcionales: Oriol Bohigas. Su tarea fue saldar una deuda centenaria de la ciudad, abordando una escala de intervención considerable, es verdad, pero llevando a cabo algo rudimentario, primario: barrer y limpiar el waterfront de Barcelona. Había que hacerlo.

En este orden de cosas, todavía hoy quedan asignaturas pendientes en la ciudad. Una de ellas es el verde, “lo verd” que diría un ilerdense, es decir, la superficie franca y extensa con el color amable de la clorofila. Es sencillo: Barcelona no tiene un Jardín o un Parque (con mayúsculas) a la altura de sus espectativas. Dicha cosa tendría que escurrirse enmedio de la ciudad, quizá enmedio del Eixample, o quizá en un margen semiurbano y accesible (¿en vez del Fórum, como dibujó Cerdá?); pero la realidad es que nunca ha estado ahí. El jardín soñado de Barcelona es un mito. Los sucedáneos de éste (interiores acondicionados de manzana, cornisa del Collserola, etc.) quedan bien, se agradecen, pero El Verde en esta ciudad no deja de ser una curiosidad, una chinería, un musgo navideño comparado con Central Park o los enormes parques londinenses. El centro de Barcelona deberia ser blando, amplio y verde, sí, pero resulta ser duro y mineral que es una cosa mala, y parece difícil quitarlo de donde está.

Por otra parte, el MNAC no debería estar ahí. El FNAC (con “F”) –en un ángulo de la Plaza Cataluña–, por su lado, es una iniciativa privada que luciría mejor en un edificio de nivel, en la misma encrucijada sensible de la calle de Pelayo. La historia de la arquitectura de Barcelona no pasará jamás por el ‘Triangle’. Volviendo al hilo, el MNAC (Museo Nacional de Arte de Cataluña) debería ceder su puesto a una institución pública prioritaria, primordial y pionera: el Parlamento de Cataluña.

El Palacio Nacional de Montjuic debiera arropar evidentemente a las cortes catalanas; por morfología (skyline de la ciudad, perfil de la montaña), por jerarquía de accesos (eje de la Avenida María Cristina), por su monumentalidad (artificiosa, pero asentada en el imaginario popular), por su escala (pompier, pero no ingrata), e incluso por las características de sus espacios interiores, como la famosa sala ovalada (destrozada por Gae Aulenti), un hueco noble en el corazón mismo de Barcelona: el fulcro idóneo para reunir a parlamentarios de un país grande y con historia. ¿O acaso los catalanes no somos lo que proclamamos?

En el Palau Nacional de Montjuic debería residir el Parlament de Catalunya, y punto. El MNAC -cuyo románico es una maravilla se ubique donde se ubique- debería exiliarse. La idea del Palau Nacional como Parlamento es básica, y habría que extraerla o rescatarla del subconsciente de la ciudad. El barcelonés es un tipo educado con cierto complejo preedípico, pero tolera bien a los psiconalistas bonaerenses; además, yuxtapone con gracia (el honor es poco útil) la magnificencia y el sentido común. Un marciano despistado que recibiera cuatro flashes sobre la historia del Principado (por ejemplo, en la abadía de Montserrat) y acto seguido sobrevolara Barcelona, consideraría no retórica la anterior propuesta de “reordenación icónica” del ‘cap i casal’ de Cataluña.

La obscenidad de la torre Agbar, por su parte, quizá tenga que ver también con su carácter reubicable. La torre en realidad es un disparo medioambiental contra la gente de esta ciudad. Preconiza la especulación sobre un bien ecológico y valioso: el agua, sobre el que cabría pedir a sus gestores mesura, bastante discreción y sosiego volumétrico. Sin embargo, el atraco a los vecinos que con las facturas del grifo pagaron la torre Agbar (150 millones de euros) ya está hecho; de acuerdo. Pero ¿porqué ese rascacielos no está plantado justo enmedio de la plaza de las Glorias? Metidos a emblematizar, puestos a que un monopolio nos recordase en la cara y desde arriba sus plusvalías estratosféricas, está claro que el emplazamiento natural, sensato, formalmente idóneo del cilindro obús de esta megatorre corporativa –índice de las ganancias, entre otros, de la Caixa– habría de ser el centro del círculo, es decir, el tambor de la plaza de las Glorias. La geometría en este caso parece de cajón, hasta un estudiante de primaria iba a entenderlo… En cambio, la torre echa raíces fuera de la gran rosquilla, marginada fuera de la circunferencia de los accesos, tirada en la cuneta más cercana. Se ha eludido la peana perfecta para exhibir un menhir representativo del poder y las finanzas tardo-capitalistas de Barcelona.

La casuística de las localizaciones incorrectas, o abyectas, de las cosas –o mejor, de las casas–, suele cebarse con los grandes edificios. No criticaremos al Teatre Nacional, ni al Auditorio de Barcelona, ni al último hotel con platillo volante de l’Hospitalet, por no resquebrajar la categoría cultural del ‘genius loci’. Evocaremos no obstante el chiste legendario del arquitecto Federico Correa sobre el emplazamiento del hotel Presidente de la Diagonal: un ogro, un engendro que iba dando tumbos por la calle Muntaner frenó de lado aparatosamente, y en un giro estrepitoso, en la Diagonal, quedó embarrancado para siempre.

Así le parece a Correa el insípido mamotreto de un hotel, una entidad –como se deduce– que tampoco debería estar allí. ¡Hay tantas y tantas viñetas mal colocadas en el tebeo interminable de la ciudad condal! El edificio de ‘Carburos Metálicos’, en la calle Aragón, por ejemplo, por el que se demolió un hito de Barcelona: la clínica Santa Madrona, un histórico chalet adaptado al pasaje de Méndez-Vigo, hoy miserablemente castrado. Esa clínica, que era de partos fundamentalmente, fue la cuna de la mitad del censo de barceloneses actuales.

En el área de la extinta mutua de Santa Madrona –neoclásica, humilde y recoleta– hay que hablar del culebrón de los remontes de Porcioles. Por ‘remonte’ se entiende la excrecencia aérea que sufrieron en el pasado, como una plaga, gran cantidad de inmuebles barceloneses; especialmente en el Ensanche. En concreto, el remonte de la finca adyacente de la Casa Batlló de Gaudí, en el Paseo de Gracia, debió ser dinamitado hace mil años, pero sigue en su lugar, tozudo como una mula. No hay funcionario que pueda con él. Decenas de áticos ortopédicos en la trama del Ensanche siguen ahí en sus filas, escandalosamente.

Otro regalo no solicitado, pero aprobado por el consistorio tripartito en su momento, es el bloque del chaflán consecutivo a la Pedrera de Gaudí, bajando por el teóricamente preservable Paseo de Gracia –de nuevo–, esquina con Mallorca: se aprobó hace años gracias a una corruptela municipal que otorgó licencia en pleno mes de Agosto, permitiendo el derribo de lo anterior cuando todos estaban de vacaciones. El tono brutalista y la colmatación de esta nueva esquina, que llega hasta sus cotas máximas, apurando todos los metros disponibles, ha promovido la expresión cariñosa de “la bella y la bestia” entre los viandantes del Paseo de Gracia, mientras deambulan cuesta abajo y comparan el par de chaflanes seguidos, tan dispares y tremendos (es decir, La Pedrera y “Eso”).

Cuentan que en un muelle de Barcelona apareció un container nuevo, a punto de flete, pero que no pertencía a nadie, perdido como una maleta. No debería estar ahí, claro. Lo más insólito es que dentro encontraron una vieja máquina de escribir con un único folio y una sola línea que decía: “esto, señoras y señores, sólo es el principio…”

[Palabra de Mono Blanco]

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