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Amb aquella alegria

(Julio 2014)

España entera asiste al nuevo entronizamiento de un rey y a la venta de un pastel público gigantesco (AENA, los aeropuertos españoles) como si tal cosa, como si no pasara nada, y santas pascuas. Asimismo, algunos catalanes contribuyen a la independencia más sublime (la financiera). L’aigua de boca, que es la expresión normativa en TV3 para denominar lo que nuestros abuelos llamaban elegantemente “agua potable”, es decir, el agua de la red de suministro de la ciudad condal, atención, barceloneses, ya no es un bien público (lo era en parte): CiU acaba de privatizarla por completo. No será tuya ni mía. Y nadie ha dicho ni mú.

Triste poble català, que bebía agua gratis en las bellas fuentes desparramadas por nuestras comarcas: otro xic del folclore que se funde, privatizado, en las manos de los de toda la vida.

La electricidad y el gas hace tiempo que se independizaron, incorporándose, por supuesto, a las arcas de La Caixa y de la mafia italiana, soberanas sin pasar por un 9 de Noviembre. La Caixa es la institución más reputada del Principado, con gran espíritu de servicio; se ve en las autopistas. Tiene una Obra Social que ríete de la Madre Teresa, Vicente Ferrer y Bill Gates. La Obra dispone de un presupuesto estratosférico con el que, se rumorea, dan de comer (faisán) a sus directivos, unos profesionales donde los haya pero que difieren del ciudadano medio castigado por la crisis y por las preferentes, aunque, ojo, un ciudadano que, pecando de pobreza, dispone de cartilla d’estalvis. La Caixa ha estado en nuestros genes desde Adán y Eva, seres mitológicos como el poble patanegra (la saga Pujol, para entendernos), es decir, como los que tienen cuentas de ocho dígitos y controlan filantrópicamente los activos. En La Caixa no especulan porque no hace falta; tienen un pedigree tan viejo como los orígenes del Virolai, que es una especie de sicav del inconsciente catalán desde la Renaixença (la de las 100 familias), y la cosa no parece chirrirar en absoluto. Por ejemplo, el intercambio de preferentes por acciones de La Caixa ha sido de bona fe y establecido sí o sí por la entidad: el preferentista ha visto el 40% de sus valores convertidos en humo. No ha pasado nada: ni por aquí, ni por allá. Los dirigentes de La Caixa poseen bula milagrosa desde la absorción de unas mútuas asistenciales hace ya décadas, que dejó en bragas a los mutualistas. Hoy La Caixa es el Hola económico de Cataluña, que echa flores a la gente y los convence de su buen hacer –siempre que todos ocupen el lugar que les corresponde–, mientras el monopolio energético sigue en forma.

Dejando de lado el dret a decidir, la independencia se logra con unas cuantas partidas de golf y transacciones con dinero recabado de las hormiguitas indulgentes y calladas (nosotros), porque la discreción es una cualidad nuestra, y de nuestros mandamases. Por ventura, si Nin, Brufau & co. viajan a Bali a meditar sobre el feeling de bancos amigos (de asientos en libros apátridas), y a ponerse morenos (no diremos negros), no hay murmullos con antelación, presuntuosos, que puedan oir domésticas latinomericanas de sus apartamentos en Pedralbes o la Bonanova. Esquerra Republicana ni se entera. Òmnium Cultural contribuye disimulando. Los catalanes somos expertos en jugadas que nunca se notan.

La Caixa acaba de experimentar otra transformación insigne, viniendo de varios momentos históricos buenos, como el citado de la abducción de mútuas delictivo, o el más anterior aún de la absorción de entidades de ahorro fundadas por la burguesía principalmente esclavista del siglo XIX, repleta de crímenes a sus espaldas. La Barcelona decimonónica era una ciudad de notarios, agentes de ventas y procuradores, pero nadie sabía, nadie anotaba nada, los protocolos cambiarios y seculares del comercio layetano desaparecieron durante un siglo -sorprendentemente- ante los últimos coletazos del mayor genocidio que hubo en Occidente antes de los nazis. Todo este caudal negrísimo, en el sentido literal de la palabra, desembocó en La Caixa. ¿Tráfico de esclavos en la familia? Au, ves…

Nuestra querida senyera exhibirá pronto la estrellita de la bandera de Cuba, polo de sacarocracias caribeño-catalanas antológicas, sitios de los que San Antonio María Claret, que intentaba hacer buenas obras antes de la Obra Social, dijo: “los propietarios de negros más malos son los que han venido de España, y singularmente, los catalanes”. Fulgor independentista que odia mezclar conceptos y que compensará rigurosamente los latrocinios del pasado y del futuro, se dice, pero gracias a iniciativas como la que aportará La Caixa. O La Caixa, o bordaremos el euro y el dólar (€, $) en un calcetín zurcido con las cuatro barras por puntaires tailandesas venidas de Emiratos -pues las que había en casa también habrán desaparecido.

Como aseguran en las tertulias de TV3, todo está en relación y yuxtapuesto. No queremos la independencia porque sí; sino porque queremos preservar l’estat del benestar, gracias al óbolo que pagaremos por bailar sardanas, montar castells, o celebrar la festa del cargol. Óbolo que se ingresará en la cuenta de toda la vida, en donde, por cierto, se aplican las comisiones más leoninas del contubernio extractivo; mientras, el moderador de la tele, con cara de póquer, aclarará confusiones y los invitados se aclararán la garganta privadamente con agua envasada en recipientes de plástico. Pronto será más barata que la del grifo.

Y otro día hablaremos de Madrid –problema prioritario de la piel de toro, aunque La Caixa es un lobo con piel de cordero– y del artículo que ha publicado Borja de Riquer en La Vanguardia de 26-V-2014.

Y preferimos no comentar otro tema, que este año 2014 toca, aunque es curioso que a quien realmente le toca, se lo ha saltado como en el juego de la oca: se trata de la celebración del 35 aniversario de la aprobación del Estatuto de Cataluña, recuperado después de 40 años de franquismo (aprobado por Ley Orgánica de 1979, etcétera). Hay silencio en los canales del régimen.

[Palabra de Mono Blanco]

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