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La Llei de la Ciència

Julio 2020

Que se imponga la ciencia. Que gane el saber. Que el poder del conocimiento triture la inopia, el analfabetismo y la fantasmagoría donde sea, y nos dé larga vida. Bueno, esto no es exactamente una maldición del Jedi. La expresión “La Llei de la Ciència” es actual y responde a una iniciativa del Parlament de Cataluña: se trata del comienzo de una ley que ha salido a información pública. El título de este anteproyecto es sintético (y, por tanto, aparentemente loable), y su trámite de audiencia diríase oportuno –jurídicamente sin duda–. No obstante, la ambición del legislador al caracterizar este proyecto trastoca su significado. Es decir, impone; en el sentido de cómo no evocar hitos famosos del séptimo arte: La Ley del Peligro, o La Ley de los Fuertes (con Charlton Heston), o La Ley de la Calle; o incluso La Sombra de la Ley; o la estupenda Sin techo Ni Ley (de Agnés Varda).

¿Es “La Ley de la Ciencia” un epígrafe justo, adecuado, para lo que se pretende? Pues mira, no. Este anteproyecto suena marchoso, pero al final es un nyap.

Empecemos reconociendo que ya existía la ley estatal 14/2011, “de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación”. Y la Generalitat no puede quedarse parada, de modo que se apunta a la fiesta (I party, therefore I am) dentro del ejercicio irreprochable de sus competencias. Pero, y sin que –por ahora– esto sea una censura, es difícil no sentir una nostalgia recóndita por aquella frase de Daniel Innerarity: “si somos más, ¿cómo es que entonces no hacemos las cosas mejor?” (en el sentido de que con mayor materia gris, en un área fija del mundo, el output sería optimizable, o coordinable, etc.)

Para muchos, claro, es dudoso que entre Cataluña y el “resto ibérico” (incluyendo a Portugal) seamos más. No hace falta recordar que los mitos del cine son una fantasía. Poca broma. Se trata de algo importante. En tiempos de pandemia, un foco de las alarmas catalanas se ha situado, como decíamos, en el denominado “Avantprojecte de la Llei de la Ciència”. El cual, en resumen, constituye una regulación del impulso erudito y técnico en todos los ámbitos del país, del país que tenemos ahora y del futuro, en una esquina de la península ibérica; es decir, la Llei sería la madre de todas las madres en cuanto a investigación, conocimiento científico, innovación, etcétera, en el Principado de Cataluña.

Y aquí empieza la crítica (seria), puesto que la prensa no parece preocupada: del mismo modo que Cataluña es un Principado que no tiene príncipe, ni nunca lo ha tenido (esta es, precisamente, la gracia), la presente Llei de la Ciència encierra poca ciencia, y se diría que establece, en cambio, “su” ciencia. Pero por la ley de Murphy, después de leerla. Es otra vuelta de tuerca en el afán de controlar gubernamentalmente la cultura, la ciencia, el conocimiento, y, vaya, tot plegat. Este Avantprojecte es rabiosamente político, ay, por todos los costados, y hablamos de política castiza y de la buena.

La misma exposición de motivos (EDM) de la futura ley es inenarrable. El texto comienza citando a Prat de la Riba por doquier, y lleva a este prócer en volandas durante páginas y páginas en un sermón que ruboriza, indigno de cualquier publicación intelectual, o impropio de cualquier documento normativo que tenga mínimamente que ver con la ciencia y la investigación, las cuales, por definición, son universales. ¿Una ocasión perdida?

Veamos: Prat de la Riba fue el artífice de la Mancomunidad de Cataluña, una entidad básica que, entre otras hazañas, consiguió enderezar el patrimonio arquitectónico del territorio catalán, un patrimonio absolutamente devastado a principios del siglo XX, después de un siglo casi “tirado a la basura” (el XIX), en palabras de un historiador de la época. Merced a Enric Prat de la Riba, a la Mancomunidad que él impulsó, y a un funcionario dispuesto, el arquitecto Jeroni Martorell, se restauraron iglesias, castillos, murallas, monasterios, torres, palacios, y un largo etcétera. El Servei de Patrimoni de la Mancomunitat de Cataluña realizó una tarea extraordinaria y antológica, aún no bien valorada, recuperando con competencia histórica y estilística –gracias a Martorell– lo que en algunos casos eran casi ruinas. Runa o ruïna: Martorell las transformó, cuidó y repuso, y gracias a él los monumentos emblemáticos del pasado han llegado hasta nosotros. Es simple, aunque ya nadie lo recuerde. Jeroni Martorell reconstruyó la piedra; Pompeu Fabra, la lengua. La Mancomunidad llevó a cabo una labor educativa y pedagógica encomiable, admirable, bien conocida y estudiada, e igualmente valiosa, que se prolongó hasta el comienzo de la Guerra Civil.

Lo anterior sólo son ejemplos esporádicos de la actividad ingente e importantísima llevada a cabo en el primer tercio del siglo XX por la Mancomunidad de Cataluña, la gran obra de Prat de la Riba.

Ahora bien, Don Enric era una persona de carne y hueso, y no era Dios, y desde luego –aunque sólo sea por el desfase cronológico– no puede ser en absoluto un fetiche para inspirar una Ley de la Ciencia del siglo XXI, en ningún país, en ninguna autonomía, en ningún condado y en ningun estado. Colarnos a mansalva “el pensamiento” de Prat de la Riba (útil en su momento, como todo lo útil en la historia de la cultura) a lo largo y ancho de una soflama patriótica, también llamada Avantprojecte de Llei de la Ciència (en escrutinio público), no únicamente resulta caduco, es algo enormemente inmoral. No se trata de un oximorón. En su discurso histórico de inauguración de la Mancomunidad (6-IV-1914), Prat de la Riba elogiaba la “raza catalana” sin disimulos, directamente.

What?

El zeitgeist racial, nacional, etnocéntrico, intensamente localista, del discurso de este político tan relevante en su día –para Cataluña fue positivamente “instruméntal”, como dicen los anglosajones– no puede ahora constituir el árbol vertebrador de la ciencia y sus vergeles en Cataluña, en pleno siglo XXI. Esto es una barbaridad. Se nos recuerda constantemente en la EDM que la ley persigue alcanzar “un conocimiento y un modelo propio” e idiosincrático de los saberes de Cataluña (?): objetivo antitético, antiético e infumable, directamente inspirado en algunas frases lapidarias del tatarabuelo cebolleta (Prat), que en este sentido (sólo en este sentido) no se aguanta ni los pedos. ¿Cómo es posible este tipo de declaraciones amarillentas, decadentes, anacrónicas, casi nazis, en plena Europa? Algú s’ha begut l’enteniment…

Por otra parte, es pura diversión cómo cita la universidad el texto; dedicada la EDM a la paráfrasis entusiasta de las excelencias científicas catalanas históricas, cosa improcedente en un documento jurídico-técnico. Hay que saber que la universidad pública de Cataluña, erosionada una y otra vez por los poderes fácticos de la Generalitat, especialmente por los bastonazos de The Three Amigos (Artur Mas / Mas-Colell / Antoni Castellà) aparece en el documento de refilón, con un papel de mero figurante, coadyuvante de la tarea y la atención que dedica a los organismos públicos de la Generalitat controlados y financiados con mano firme por la institución. Para nadie es un secreto que la ciencia y la investigación en Cataluña están gubernamentalizadas de una manera obscena. Esta ley, mirada en detalle, aumentará la sodomía. Aunque, es cierto, se trata de un defecto hispánico que NO padece nuestro mismo vecino Portugal, con un “pasado científico-técnico” de un nivel al que los catalanes no llegamos ni a la suela del zapato (y eso descontando la glosa patriótica del Avantprojecte). Portugal confía a sus universidades públicas el grueso de su “alta investigación”.

La ley adelantada ahora en Cataluña, en período de consultas, refuerza el patrón que se sigue –es verdad– en el ámbito del estado español (programa “Ramón y Cajal”), o también en Euskadi con Ikerbasque, etc. El patrón de marras –inaugurado por la Generalitat en su día– es ir abandonando poco a poco a la universidad pública como lugar genuino (neutro, imparcial, universal) del desarrollo de la ciencia e investigación, “consiguiendo el efecto sin que se note el cuidado”. Si alguien todavía no ve este desideratum corrupto –técnicamente hablando– en la política científica de la Generalitat, es que está ciego.

Cualquier intelectual catalán –incluso los de medio pelo, como nosotros– debería sentirse abrumado cuando advierte que la meta declarada de la Llei es que todos los profesores, científicos e investigadores de la comarca y alrededores (incluyendo Llívia) “contribuyan a la construcción nacional de Cataluña”, dado que los científicos catalanes hasta la fecha han sido en realidad y literalmente –se nos alecciona– herramientas para este fin (sic, parrafo tercero, pagina 2, EDM, no ponemos cita al pie porque nos morimos de vergüenza).

Esta ley es épica, y, después de todo, Mas-Colell ya lanzó lo de un “perfil científico” esencialmente catalán (!?) en una conferencia de 2002. Toma mantra nasional, y, de no quererlo, dos tazas. A partir de sus recortes de Conseller, en toda la universidad pública catalana (excepto la UOC, controlada por la Generalitat), a Mas-Colell se le conoce como “el destraler“.

Por fin: es admirable el candor de la regulación del mecenazgo en el actual Avantprojecte, el mecenazgo que se volcará en las “instituciones científicas catalanas” (las cuales son tachadas de “públicas” en el mismo sentido en que el Ejército es “público”); mecenazgo esperado como agua de mayo, parece, y que obligatoriamente se producirá gracias al efecto balsámico de esta disposición. Por supuesto, el conjunto de las empresas particulares del país, y el mercado en globo, cuando se promulgue la norma, pasarán por alto (?) que su altruismo se dirigirá a entidades fuertemente ligadas a la Generalitat, con fines retorizados en los papers de Torra, y con objetivos quizá difíciles de distinguir del folclore más cariñosamente popular (menuda simpatía despertará en los mecenas).

La ciencia y sus leyes funcionan con hipótesis…

Dicen que Debussy solía poner el título a sus composiciones después de crearlas. Muchos catalanes –hojeando el texto que comentamos, y más, los aficionados a las pantallas– aprobaríamos rápidamente otro titular para este conato de ley, o, al menos, para su delirante exposición de motivos:

“Senderos de Gloria”, de Stanley Kubrik.

[Palabra de Mono Blanco]

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