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El Mono Blanco y el voto en blanco

El ciudadano hoy vota tapándose la nariz, por decirlo de alguna manera -no está nada convencido acerca de quién debe gobernar-, y puede tener muy claro, en cambio, quién no quiere en absoluto que gobierne. El estudioso J. R. Capella dejó escrita en una propuesta hace años la solución del problema personal del ciudadano ante las ganas irreprimibles de votar en blanco, tan presentes en el ambiente –catalán en este caso– , o incluso ante el deseo intensísimo de saltarse el rito del sufragio. Decía J. R. Capella que, con el sistema que se describe a continuación, el ciudadano se sentiría de nuevo atraído por expresar su voluntad y por participar en la vida colectiva y cívica, no tanto para manifestar una confianza no sostenida, sino para subrayar un temor –o un horror– aparentemente fundado.

El método era el siguiente, y está inspirado en los sistemas estrictamente democráticos de las órdenes monásticas medievales. Se trataría de que los ciudadanos pudieran optar entre votar a favor de una de las listas electorales presentadas, o votar en contra de una de ellas. Que pudieran optar entre votar y vetar a una sola de las opciones presentadas. Para ello, bastaría introducir en el sobre de la votación una lista tachada; y en el escrutinio deducir los votos negativos o vetos a cada formación de los votos afirmativos, distribuyéndose los escaños según el total de los votos emitidos.

Así los partidos políticos –argumentaba J. R. Capella– experimentarían a corto plazo un fuerte impulso para mejorar: tendrían que calibrar mejor su discurso público no ya para ganar votos, sino simplemente para no suscitar temores; tendrían que explicar mejor sus incumplimientos y sus errores, y evitar las políticas no anunciadas, las que llegan al gobierno por no haber entrado en el debate pre-electoral. Con este arreglo de perogrullo, el elector que se sintiera traicionado podría optar entre votar a otro partido o castigar al que en el pasado le sorprendió en su buena fe, etc.

Este minúsculo cambio del sistema electoral no tendría prácticamente costes. Sería muy fácil y económico de aplicar, en opinión del autor de la sugerencia.

Pues bien, sabemos que es cierto: sería facilísimo. Pero la realidad es terriblemente estúpida, y los políticos jamás dejarán que prospere tamaña afrenta a su ecosistema, no van a permitir que se dinamite el dispositivo tan perfectamente retratado, por otra parte, por Xavier Roig en su exitoso libro “La dictadura de la incompetencia” (Ed. La Campana). Por eso, y ya que se acercan las elecciones de todas formas, e irremediablemente, vamos a recordar aquí cómo votar en blanco de manera útil, y en este sentido “El Mono Blanco” se complace en parafrasear ahora otro artículo de prensa, muy reciente, del académico Norberto Bilbeny, sobre cómo votar en blanco, pero de manera operativa, efectiva, de modo que tenga alguna consecuencia práctica. Explica Bilbeny:

Un voto en blanco es, o bien el sobre vacío, o bien aquella papeleta cuya cabecera dice “Voto en blanco”. Pero sólo esto último es computable y se traduce en escaños. Lo primero, no. No tiene eficacia. La papeleta del partido blanco consigue, si suma, asientos vacíos en las cámaras. Pero no para hacer política. El representante en blanco ha de ser consecuente con el significado del voto que representa y comprometerse, en su programa y durante la campaña, a no ocupar ningún escaño, no cobrar por tener el acta de diputado o diputada, y no beneficiarse de ningún privilegio por ser representante político. Tiene acta y escaño, si bien este permanece desocupado. El asiento está ahí, vacío, entre odiado y codiciado por el resto del hemiciclo, pero como visible señal de lo que piensa una parte de la ciudadanía…

…Por definición, el voto en blanco se prevé excepcional. Pero no es por ello testimonial. Puede ser útil. Al menos computa y habla más claro que la abstención, que no habla. No es un voto mudo, ni se puede decir que sea un voto ‘freaky’… (28-X-2010, Norbert Bilbeny, La Vanguardia)


[Palabra de Mono Blanco]

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