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Síntesis


Octubre 2020

Dicen que en el Barroco existieron publicaciones cuyo título podía ser más largo que el propio contenido de la obra, y hoy nos situamos en el culmen de ese esfuerzo casi místico de la literatura: hoy hablamos de un libro cuyo título resume su mismo interior, es decir, hablamos de un ejemplar de “tomo” cuyo encabezamiento vuelve inútil lo que sigue, por completo, porque el título ya lo ha destilado, sintetizando y deglutido. Viene rotulado en la cubierta y hace absolutamente innecesario lo que va después, pues aparece en el título.

Se trata de una verdadera performance, de retórica o de economía expresiva, y desde luego, es un logro de la arquitectura editorial. Peso muerto de páginas blancas, en verdad, diríase: no es un texto bizantino, o un antojo churrigueresco, o una quimera. El libro que reseñamos no es comparable al rodaje de un Western tras el cual no hay vida. Es mucho peor. Lo que hay detrás no sirve absolutamente para nada: ni siquiera hay armazón. No es un hueco para camuflar botellas de whisky, que -en sí- ya sería algo. El mero titular del encabezamiento lo es todo.

¿Es posible este derroche? ¿Hablamos de un autor y una editorial fanáticos de la letra por la letra? ¿Esto pondrá de moda la costumbre de acumular hojas y hojas que no sirven? ¿Y porqué un libro así sale a la luz? ¿Para qué tanto árbol talado, si puede saberse?

Pues para darle un premio. Este derroche de dinero -de alguien- se llama demagogia, y en este caso, merecedor de un galardón, se ofrece bajo el título “La república del bé comú” (sic). El escribiente esforzado de este monumento no es anónimo (como a veces sucedía en el Barroco) sino que es el conocido y encarcelado Raül Romeva. No es un niño y sus gustos literarios son discutibles (es un fan del “Mecanoscrit del segon origen”, de Pedrolo). No es que no queramos compadecerle, es que si alguien se toma la molestia de averiguar la etimología de la palabra “república”, verá que quiere decir supinamente (y precisamente) “la cosa pública”, es decir, “la cosa común”.

¿Hay alguna república en el orbe que –oficialmente– no persiga la cosa común, el bien común?

Intentemos frases rápidas con petición de principio, a ver si ganamos algo:

“El boli que escribe”

“El lápiz que dibuja”

 “El fuego en llamas”

“El aire del éter”

¿Vale la pena seguir? ¿Le añadimos 100 páginas? ¿200?

(¡Es el título, estúpido!)


[Palabra de Mono Blanco]

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