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Blanqueo de capitales

La palabra “capital” puede no usarse en sentido económico, ni mucho menos marxista. Tampoco aquí es un epíteto que subraye la condición de “importante”.

“Capital” es simplemente una acepción de ciudad, de urbe, como lo es Barcelona, capital de Cataluña. En este sentido, la capital catalana resulta ser capital para este país, es verdad, un lugar de Europa, por cierto, donde la política se deteriora a pasos agigantados, y donde algunos ingenuos adelantan, optimistas, que las expresiones de la cultura debieran ser consideradas como una tabla de salvación. Después de todo, tenemos un país bimilenario a nuestras espaldas, y al profesor Joan Subirats en una concejalía del ayuntamiento. Porque este hombre, en concreto, exhibe una trayectoria intachable: nunca se le ha detectado un fallo ético en sus opiniones, en sus reflexiones, en su contextualización de los problemas, ni en el aula, ni en su bibliografía, ni en su tarea correspondiente al gobierno consistorial. Subirats argumenta bien cada cosa que dice.

La importancia histórica, demográfica, arquitectónica y urbanística de Barcelona se merece elevar a este tipo de personas a cargos preponderantes, como es el caso. Inversamente, la población barcelonesa en su conjunto, y más allá del estrecho ámbito municipal, no ha merecido jamás el desastre de las instituciones políticas que padecemos actualmente, por no aludir al daño que inflinge a la población el entorno mediático.

Entonces, hay un desiderátum que se alza como clamor: ojalá que la auténtica cultura logre protegernos de la chapuza continuada de nuestros administradores; ojalá que los intelectuales no contaminados por la corrupción (política, semántica, semiótica) logre purgar los pecados de la charanga que nos está gobernando. Porque, entre otras cosas, ya quedan pocos especímenes del estilo de Subirats. Atrás quedaron Ramoneda y Mascarell ahogados en el discurso de los contumaces.

Un deseo social e ingenuo quizá nazca como clamor, desde luego. Terriblemente inocente cuando lo yuxtaponemos al blanqueo que está teniendo lugar en Barcelona, por otra parte, y delante de nuestras narices: porque hay un blanqueo que sí debiera explicarse en su acepción llana y burda, aun siendo metafórica; es decir, no hablamos del encalado de muros en la construcción tradicional. Por blanqueo la gente entiende hoy, prioritariamente, mayoritariamente, una operación delictiva, fraudulenta, de ocultación de un delito monetario. En Barcelona está a punto de colarse un gran negocio por la puerta de atrás, como es habitual en el Puerto, esta vez bajo la máscara del arte. La ley no obliga a dar explicaciones nunca, y la Autoridad Portuaria de Barcelona sigue, en este sentido, siendo un ornitorrinco; la APB deriva su autoridad del poder del estado, sí, pero bajo el dominio que ejerce una Generalitat descaradamente business-friendly. La cual, de nuevo, como decimos, está a punto de culminar una gran apuesta, ahora se supone que “cultural”, y de altos vuelos. Se repite el episodio del Hotel Vela y del Port Vell, como poco. Plus ça change plus c’est le même chose. Un Ayuntamiento progresista, en este momento, aceptaría lo que atufa a una colosal especulación urbana.

El asunto del Hermitage está sobre el tapete. Recordemos el desespero del exalcalde Joan Clos rebajando pisos y pisos del Hotel Vela, en su día. Pues una tragedia similar está a punto de suceder de nuevo, y Subirats, nuestro hombre en La Habana, reserva de la biosfera o de la integridad que pudiera quedar a los intelectuales más crédulos (en una arriesgadísima conjetura nuestra) parece respirar enmedio de la melée. Hay expectación. Parece que falta un informecillo…

En el panorama de la ciudad, el supernegocio del Hermitage (de la sociedad “Museu Hermitage de Barcelona”) se presenta como apremiante, y se dibuja como lo opuesto a la “cura cultural” de los conflictos político-sociales que se citaban, mediante un doble ardid. La trama del Hermitage ha sido tejida sobre humo: acudiendo in extremis a un apellido final “prestigioso” (Toyo Ito) para justificar una operación indocumentada desde su origen, desierta siempre de una argumentación articulada, urbanísticamente hablando. Dos: la iniciativa arrancó, igual, con otra apelación a un “prestigio” personal muy alejado -por cierto- de las disciplinas de la arquitectura, el del divulgador de ciencia Jorge Wagensberg.

Los abogados suelen decir que el nombre no hace la cosa. ¡Ni la casa! Lo rubricamos, y cualquiera que examine este tema, y con nuestros respetos por uno y otro (por el científico y por el arquitecto) todavía más; nosotros afirmamos que las Islas Vírgenes son un oasis. Que Londres es una ciudad maravillosa. Que los bulbos acebollados del Kremlin son estupendos. Y que la instalación del Hermitage en Barcelona huele toda ella –como un pack– a una cabildada de oligarcas y a una astucia frente a la población.

Veamos. Es que no nos referimos a la blancura de la nieve de San Petersburgo.

En el último comunicado de prensa de la APB (Noviembre de 2019), se da “por hecho” (sic) que el museo tendrá sede en Barcelona. Brindis inaplazable, por tanto. Se celebra una explicación concienzuda, poderosa, argumentada, que suena como lo siguiente (atención, no hacen falta apuntes): “El Hermitage incrementará el atractivo arquitectónico del frente portuario de Barcelona”. Es decir, por insinuar una hermenéutica: oración única + tiempo de verbo en futuro + petición de principio. Por la patilla. Palabras literales de la presidenta del Puerto, Mercè Conesa. No constituyen una tesis, pero, wait, hay más. Hay que añadir el florilegio desinteresado del representante de la ingeniería “Idom”, Josep Ribera, quien –como refleja el comunicado–, al tanto, “ha asegurado a Toyo que el proyecto del Hermitage es muy importante para el puerto” (sic). “Barcelona es una ciudad que ama la arquitectura y estamos muy contentos de que usted haga este proyecto”, ha remachado el conseller Damià Calvet, de gira por Japón con los otros dos personajes.

¿Ha encontrado Calvet nuevas maquinillas de afeitar en Tokyo? La involucrada “Idom” también está cofoia. Esto… ¿Alguien esperaba alguna exposición desglosada para un proyecto en el que sólo la inversión inicial es de 60 millones de euros, en una macrooperación donde se juega con el espacio más frágil y desprotegido de la ciudad (no hagamos chistes sobre la demanio de la APB), como es su línea marítima? ¡Señoras y señores, estamos en Barcelona!

Un individuo particular decide liderar una idea avispada, legítima, pero absolutamente misteriosa desde el punto de vista urbano; desconectada –salvo prueba en contrario– del contexto o red de los equipamientos culturales existentes en la ciudad. Huérfana de “relato”, infinitamente más corto que los de Augusto Monterroso: tendente a cero. Entre los gestores y las instituciones culturales de Barcelona, no ha habido debate posible. CONCA, ICUB, Consell de Cultura, incluso Escuela de Arquitectura de Barcelona y Colegio de Arquitectos de Cataluña, etc., son lugares donde el silencio al respecto se puede cortar con una navaja. La ciudadanía lo ignora todo sobre los acuerdos del Hermitage entre el Ayuntamiento y la APB. Las asociaciones de vecinos del área están peleadas por un problema, lógicamente, de definición pública de la maniobra, y del señalamiento de beneficiarios privados. Para rematar la faena, Ujo Pallarés –artífice de la jugada– resulta ser más bien un desconocido en los círculos de la arquitectura y el urbanismo más sólido de Barcelona (de reputación internacional). Este señor tiene el mérito de haber contactado –eso sí– con los amigos de Putin de la vieja Leningrado (cuya pinacoteca es fabulosa), y ha asociado su dinero, parece ser, al de un fondo de inversión suizo-luxemburgués. Si esto no suena a envite duro de capitalismo opaco, heavy metal, que baje del cielo Mark Fisher, o Piketty, y lo vea.

Habría que conformarse con que, por favor, si us plau, Joan Subirats tenga la deferencia de aclararnos algo en los informes sancionadores que quedan…

(Los responsables del Puerto, cuando tienen sueños húmedos sobre la candidez de los barceloneses, acuden a la frase de Lenin: “la confianza está bien; pero el control es mejor”)

[Palabra de Mono Blanco]

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