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Petitoria

(Julio 2012)

Los jueces de este país son unos fenómenos mundiales. Uno de los tres poderes que teorizó Montesquieu, en este país nuestro, olvidando la equipotencia con los otros dos, está constituido por unos magistrados que juegan a ser 1) fanáticos del descanso –como Dívar– o 2) doctores de la lengua –léase más abajo–. Es decir, que para ellos A) los legisladores son meramente quienes suministran el producto bruto –algo así como la ley–, y B) los políticos son unos tipos arrogantes que a veces generan sobresueldos.

Están que se salen. Por ejemplo, el juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo a finales de 2011 dictó una sentencia fabulosa, que, ciertamente, por arriba pulveriza la pirámide de Kelsen (que clausura conceptualmente el sistema jurídico), y por abajo mataría de un síncope a la loba de Rómulo y Remo, por ser hembra, dejando al pairo a los dos fundadores de la gran civilización de Roma, la bella, la inmortal, la marmórea, donde nació el derecho.

Del Olmo va directo al asunto y huye de la elocuencia de Catón, pero se le entiende; no firma sentencias inextricables como alguno de sus coleguillas. Cultiva la gramática que es un gusto. Asevera que llamar “zorra” a una mujer no es delito, ni falta, ni nada de nada, porque “quien usa ese adjetivo en realidad quiere decir que dicha mujer es astuta y sagaz”. El documento histórico en que se cita esta idea preclara –ya famoso– es de tal pureza semántica que, transcurrido medio año, sigue dando vueltas por la cabeza de la gente, y asimismo por Internet, e ignoramos si por los juzgados. Unos dicen que la interpretación suave de “zorra” es doctrinal y ya está; otros que es el colmo de del Olmo. En cualquier caso, réplicas, peticiones y cartas de reconocimiento vario abundan en la red, como la siguiente, que transcribimos.

Señoría:

El motivo de esta misiva no es otro que el de solicitarle amparo judicial ante una injusticia cometida en la persona de mi tía abuela Felicitas y que me tiene un tanto preocupada. Paso a exponerle los hechos:

Esta mañana mi tía abuela Felicitas y servidora nos hemos cruzado en el garaje con un sujeto muy cafre que goza de merecida impopularidad entre los vecinos. Animada por su sentencia que hace comprender la utilidad de la palabra como instrumento para limar asperezas, y echando mano a la riqueza de nuestra plural lengua española, mi querida tía abuela, mujer locuaz donde las haya, le ha saludado con un jovial “que te den, cabrito”.

De poco ha servido explicarle al sujeto que mi pariente lo decía en el sentido de alabar sus dotes como trepador de riscos, y que en épocas de recortes a espuertas, desear a alguien que le den algo es expresión de buena voluntad. Espumarajos labiales ha echado unos cuantos, el interpelado, quien ha proferido vocablos que quizá fueran insultos o piropos, no lo sabemos, porque no ha especificado una entre sus múltiples acepciones; pero ha enfilado hacia la comisaría más cercana haciendo oídos sordos a mis razonamientos, que no son otros que los suyos de usted, señoría, y a los de mi tía abuela, que ha despedido a ese individuo señalando hacia arriba con el dedo corazón de su mano derecha con el evidente fin de saber hacia dónde soplaba el viento.

Como tengo la esperanza de que la denuncia que sin duda está intentando colocar esa hiena -en el sentido de que es hombre de sonrisa fácil- llegue en algún momento a sus manos, le ruego, por favor, que intente mediar en este asunto explicándole al asno -expresado con la intención de destacar que es hombre tozudo, a la par que trabajador- de mi vecino lo de que las palabras no siempre significan lo que significan, y le muestre de primera mano el texto (escrito de su puñeta) donde se determina que llamar “zorra” a una mujer es nada, siempre y cuando se connote mujer inteligente, sagaz y astuta.

Sé que usía (Ud.) es un porcino -dicho con ánimo de remarcar que todo en su señoría son recursos aprovechables- y que como tal, pondrá todo lo que esté de su mano para que mi vecino y otros carroñeros como él -dicho en el sentido de que son personas que se comen los filetes una vez muerta la vaca- entren por el aro y comprendan que basta un poco de buena voluntad, como la de mi tía abuela Felicitas, para transformar agrias discusiones en educados intercambios de opiniones, tal y como determina la sentencia referida, convirtiendo así el mundo en un lugar más agradable.

Sin más, y agradeciéndole su atención, se despide atentamente una víbora (es evidente que en el sentido de ponerme a sus pies y a los de su señora). Salude a las zorras de su esposa y de su madre.

De toda nuestra consideración, Q. T. J.

[Palabra de Mono Blanco]

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