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Picardías de Sánchez

El pícaro como categoría literaria se alza sobre la figura del superviviente, es decir, como Pedro Sánchez en la política española. Y el pícaro, aquí, hace algo más que ampliar un género estilístico centrado en el regate y en la inteligencia doméstica. El saber vivir al día, en este caso, eleva la categoría de antihéroe a la de estadista.

En la crónica medieval, el pícaro es de origen humilde, es astuto y vive en un entorno hostil, usando el sigilo y el oportunismo para sobrevivir. En combate, diríase que los pícaros priorizan la sutileza sobre la fuerza bruta.

Hoy, las tremendas dificultades que tiene la gente para defenestrar al bellaco de turno en las urnas o los tribunales se solventan parcialmente gracias a la sublimación de esta figura. Ahora, el listillo de turno se convierte en un redentor que batalla contra una caterva de desalmados, tramposos, canallas y delincuentes morales.

Los burladores de hoy, de los que Sánchez es su epítome, no recurren a la violencia ni a artimañas extraordinarias, sino a las palabras y al ingenio. Sus armas favoritas son la perspicacia y la táctica, que siempre han sido los arietes del político por excelencia. Que alguien como Sánchez represente el grado supremo de la excelencia de la vida pública española es casi una fatalidad, pero es para celebrarlo, pues no ha sucedido así con otros arquetipos de la literatura universal como el Quijote –último de los hidalgos del Medioevo–, los cuales, al ser trasladados al presente, se degradan automáticamente. Sólo hay que pensar en individuos como Núñez-Feijoo y en sus alternativos Sancho-Panzas (como, por ejemplo, Cuca Gamarra).

De manera cruel, los personajes quijotescos del PP enfatizan el atributo histórico más genuino del caballero andante, la ineficacia (que al menos subrayaba el honor y la ética), y, en efecto, envilecen homeopáticamente la figura literaria que nos regaló Cervantes.

Algo diferente ocurre con la modernización de otra imagen pasada, como el joker, el milhombres, el juglar, el trovador mudable, especimen sobre el que estos días se ha abatido no una degradación, sino una verdadera demonización, una satanización despiadada que, por contraste, santifica, canoniza, al pillo de toda la vida como alguien halagable y le confiere un estatus senatorial. Trump, nuestro Falstaff aborrecible y horrísono del siglo XXI, ha viciado para siempre, patéticamente, el paradigma de lo que antaño fue un personaje muy interesante.

Volviendo a la saga de truhanes típicos del Siglo de Oro, el actual presidente del gobierno, en principio, tiene competidores en la parte de la carrera de San Jerónimo flanqueada por leones. Bribón sagaz parece Rufián –voto al chápiro–, pero a este lince ibérico le erosiona el patronímico, lo suficiente como para no poder estar en la misma lista que Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Meritorio adicional sería Oriol Junqueras, sobre todo por el aspecto –parece salido directamente del Conde Lucanor–, pero también por su habilidad para la treta psicológica, donde la víctima termina siendo cómplice de la manipulación. Oyendo a esta fauna, la demagogia encaja idóneamente con la del predicador que promete el paraíso en la tierra. Junqueras, por consiguiente, tampoco da la talla del pícaro comme-il-faut.

Nos quedamos, pues, con Sánchez y su gracia para escalar, desactivar trampas y minas colaterales (Koldos, etc.) y, en definitiva, sacar el máximo partido de los plazos para mantener un Gobierno en funciones reduciendo a la mínima expresión el control de la oposición. Es un arte cuyas raíces se encuentran en el siglo XVI-XVII hispánico, y que hoy alcanza su mayor altura, dignidad y pureza con Sánchez, un ambicioso que apunta a Europa, pues sabe que está aún en pañales.

¿Cómo ha llegado hasta aquí la historia de la democracia? Lo ignoramos.

Los personajes de ficción son gestos de la narrativa, pero… ¿hay quien no vea la mirada de Rinconete y Cortadillo en los guiños subliminales de Pedro, ya sea en las comisiones, en las comparecencias, en las ruedas de prensa, etc.?


[Palabra de Mono Blanco]

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