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Trola de Barcelona (El espejismo del espacio público)

(Octubre 2008)

Las siguientes líneas citan y parafrasean las que ha escrito Enrique Gil Calvo, lúcidamente, en El País (18-X-2008). Comentando bibliografía reciente sobre las dos urbes más importantes de la península, el sociólogo se refiere primero a Madrid, y luego extiende sus opiniones a Barcelona:

…El denominado Gran Madrid no es “la suma de todos”, como reza la publicidad electoral de Esperanza Aguirre. Por el contrario, sólo pertenece a una exigua minoría de constructores urbanos, políticos derechistas, especuladores financieros y propietarios inmobiliarios. El resto de madrileños no pertenece a Madrid, sólo habita ahí, coexistiendo de manera relativamente pacífica. El espectáculo de la capital no es más que un espejismo que reverbera en la meseta manchega, como Las Vegas en el desierto de Nevada o Los Ángeles en la Baja California. El ‘Observatorio Metropolitano’, un equipo de geógrafos y urbanistas que lleva años diseccionando la Villa y Corte, dice de ésta que es el nuevo escaparate ostentoso del arribismo neofranquista. Y el mismo informe traza la cartografía madrileña de un espacio público reconstruido por la privatización, que lo fractura y manufactura para comercializarlo entre turistas y nuevos ricos con los inmigrantes a su servicio.

…Semejante hipertrofia especuladora del urbanismo no sólo tiene lugar en capitales regidas por el PP o sus avatares, como Madrid, Valencia o Marbella. Por desgracia, en la Barcelona regida por consistorios progresistas, que la izquierda española siempre ha citado como ejemplo, ocurre otro tanto. Un reciente estudio del antropólogo barcelonés Manuel Delgado va dirigido, precisamente, a la línea de flotación del modelo urbanístico de la Ciudad Condal desde la transición, y que alcanzó su cenit en los fastos olímpicos de 1992. Un modelo de disseny que tiene una prensa más edificante y edulcorada que el madrileño, y que, sin embargo, se ha erigido con la misma voracidad especulativa y depredadora, sin complejos para esgrimir como coartada una corrección política que le autoriza a arrasar barrios enteros en beneficio del presunto progreso municipal (¡atentos a lo que sucederá en fechas próximas en las inmediaciones del campo del F.C. Barcelona!).

…Es la otra cara sólo aparentemente antitética de la misma moneda de Madrid, ahora catalanista y tripartita en vez de franquista o pepera. Manuel Delgado denuncia los desmanes del llamado ‘modelo Barcelona’ : un urbanismo de moda y venal al que compara con la prostitución seudovirginal de una top model de pasarela, que no duda en vender sus dudosos encantos ciudadanos, arquitectónicos y paisajistas al mejor postor, desde el turista accidental al crédulo izquierdista, pasando por el inversor global. Como reza la publicidad del municipio: “Barcelona, ponte guapa” (para seducir con sus encantos urbanísticos a la clientela).

…La especulación es la principal fuente de financiación autonómica, municipal y de los partidos políticos. Es el lado oscuro de Madrid, Bilbao, Valencia y Barcelona, cuya faceta más visible se muestra en las torres de Madrid –el pelotazo inmobiliario más grande de la historia de España–, la cáscara del Guggenheim, los ‘calatravas’ de Disneylandia en Valencia -inmorales e infrautilizados-, o, en Barcelona, el falo de Agbar y el rascacielos-capricho de Gas Natural, compañía que acaba de subir la factura un 10% a sus clientes. Pero la privatización del espacio público no sólo genera espejismos urbanísticos como el barcelonés o el madrileño, entre otros casos de ciudades-espectáculo convertidas en parques temáticos como Shanghai o Venecia, sino que también ofrece otra cara oculta mucho más miserable, violenta e inhumana. Es la destrucción pura y dura de los espacios urbanos, o su hipertrofia cancerosa y putrefacta, causada por la globalización deslocalizadora que está generando un doble movimiento de huida, abandono y desertización de los viejos cascos históricos, y su reflejo contrapuesto, allí donde proliferan ingentes megaciudades-basura hechas de chabolas donde se acumula la escoria humana expulsada de los ecosistemas rurales destruidos para hacinarse en homicidas campos de concentración urbana.

Tenemos pues el espectro urbano de las ciudades muertas, el de los despojos urbanos de las ciudades-miseria (vean la película Wall.e, batallón de limpieza), junto al espejismo de las ciudades huecas y salvajemente especulativas que nos depara nuestra geografía ibérica; es decir, tres arquetipos para regocijo, solaz y consumo de nuestros políticos.

[Palabra de Mono Blanco]

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Los medios públicos de persuasión en Cataluña

(Enero 2008)

Vicenç Navarro ha dado otra vez en la diana, y ha escrito en el diario El País (de 12 de enero de 2008) una minicrónica de “los medios públicos de persuasión en Cataluña” sin desperdicio.

La persuasión, según Kant, es una ciencia fundada sobre principios insuficientes, y en cambio para los expertos en márketing la persuasión es un dispositivo perfecto para obtener la conformidad del comprador. Para el profesor Vicenç Navarro, la persuasión es, simplemente, una artimaña política para dar gato por liebre. He aquí sus palabras, a las que rendimos pleitesía:

“Durante los 23 años de gobierno nacionalista conservador, los medios públicos de la Generalitat de Cataluña (TV-3 y Catalunya Ràdio) fueron instrumentalizados para promover una visión nacionalista conservadora en la que los enormes problemas sociales de Cataluña (en la medida en que se reconocía su existencia) se atribuían al Gobierno central, ubicado en Madrid, que discriminaba a Cataluña. La fortaleza de esta visión nacionalista se basaba en un hecho real: la existencia de un balance fiscal negativo para Cataluña con el resto de España y un déficit de inversiones públicas por parte del Gobierno central. Otro factor que contribuía al crecimiento de este nacionalismo conservador era el nacionalismo español, que es el único que no se define a sí mismo como tal. Suele llamarse constitucionalista y, al negar el carácter plurinacional de España, alimenta los nacionalismos periféricos. De ahí que no fuera infrecuente que aparecieran en los medios públicos de información de la Generalitat las voces de este nacionalismo español (incluso en su visión extrema, la COPE) a fin de identificar al resto de España con esta visión nacionalista española que reforzaba al nacionalismo catalán.

Detrás de estos nacionalismos, en teoría adversos pero en la práctica complementarios, había unos intereses comunes de clase social que explicaban el profundo conservadurismo de tales nacionalismos, bien definido en aquel eslogan, que tales medios difundían, según el cual España iba bien, a lo cual los medios nacionalistas conservadores en Cataluña añadían que Cataluña iba incluso mejor. Los datos ignorados, cuando no ocultados, en aquellos medios mostraban que ni España iba bien (el gasto público social por habitante en inversiones públicas, tanto en infraestructuras como en servicios públicos, era el más bajo de la UE-15) ni Cataluña iba mejor; en realidad, en muchas áreas iba peor (el gasto público social por habitante estaba por debajo del promedio de España). Este último déficit se atribuía en los medios de persuasión nacionalista conservadora al déficit fiscal, lo cual era cierto sólo en parte, puesto que había otras dos causas ignoradas en aquel argumento. Una de ellas eran las propias prioridades del Gobierno nacionalista conservador de la Generalitat de Cataluña, que priorizó temas identitarios (como la creación de los Mossos d’Esquadra) sobre temas sociales tales como el desarrollo de la educación o la sanidad pública, dando prioridad a los servicios privados a costa de los servicios públicos. La evidencia de ello era abrumadora (véase L’Estat del benestar a Catalunya 2003).

La causa mayor del subdesarrollo social y de infraestructura de Cataluña (y de España), sin embargo, era y continúa siendo el bajo gasto público en todo el Estado español. Mientras que las luchas interterritoriales sobre la distribución de la tarta española (estimuladas por nacionalismos centrales y periféricos) tenían y tienen una enorme visibilidad en aquellos medios nacionalistas catalanes y españoles, el problema mayor -que es el pequeñísimo tamaño de la tarta- era y continúa ignorado. España tiene el gasto público por habitante más bajo de la UE-15. En realidad, aunque Cataluña recibiera el 18% de la inversión total del Estado español en infraestructuras (tal como instruye el Estatut), Cataluña todavía tendría un gasto público en infraestructuras por habitante menor del que le correspondería por su nivel de desarrollo económico.

El bajísimo gasto público (y la escasa visibilidad de este tema en los medios de persuasión) responde al poder de clase, es decir, al enorme poder político y mediático que tiene en España y en Cataluña el 35% de la población de renta superior, y su gran resistencia a aumentar los impuestos, sobre todo si éstos van a mejorar los servicios públicos utilizados predominantemente por el 65% restante de la población, es decir, por las clases populares. Envían a sus hijos a las escuelas privadas (cuyo gasto por alumno es superior al de la escuela pública), utilizan la sanidad privada (donde el tiempo de visita promedio es de 18 minutos, en comparación con ocho minutos en la pública) y se benefician más del AVE que de los trenes de cercanías.

Los cambios de gobierno en 2003 en Cataluña y en 2004 en España diluyeron poco el discurso nacionalista, tanto periférico como central. Ni que decir tiene que ha habido cambios en tales medios catalanes, pero en su totalidad han sido menores. El análisis de poder de clases y sus implicaciones en las políticas públicas continúa excluido, siendo extraordinariamente minoritarias las voces de izquierda no nacionalistas, realidad negada, como era predecible, por los apologistas de tales medios, que dominan el clima intelectual del país.”


[Palabra de Mono Blanco]

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Periodismo y metalenguaje

Septiembre 2007

A propósito de la muerte del escritor Carlos Trías, en Barcelona han aparecido varios artículos de prensa glosando su figura. De entre ellos, ha destacado el del escritor, poeta, artista plástico y hoy también dramaturgo Narcís Comadira. Asimismo, Félix de Azúa, escritor, poeta y profesor, una de las prosas castellanas más vigorosas de la literatura española, pergeñó un estupendo artículo póstumo el 10-IX-2007 en el ‘El País’. Alabando a un hijo de la refinada burguesía barcelonesa, ambos textos reseñaron la singularidad personal y literaria del difunto, y lo hicieron involucrando al catalán y al castellano, respectivamente; es decir, a las dos lenguas que desde tiempos inmemoriales ha simultaneado la élite cultural de Barcelona.

Sin embargo, caben algunas puntualizaciones. Comadira empieza su artículo mencionando que él pertenece a una “espiritualidad literaria” diferente a la del finado, y asevera que la suya es la espiritualidad del idioma catalán, mientras que la espiritualidad de Carlos Trías Sagnier –a quien rememora siempre con afecto– era evidentemente la del “español”. Lo escribe así un par de veces.

Es curioso. Nunca nadie en Cataluña, históricamente, ni por supuesto en Barcelona –y menos los Trías o los Sagnier– ha llamado “español” a la lengua castellana. Aquí la tradición siempre ha sido la de que uno habla, escribe, lee… en catalán o en castellano (en català o en castellà). Decir “español” cuando se alude al castellano en Cataluña no estaba en boca de nuestros padres, abuelos, ni bisabuelos. Y Comadira conoce nuestras tradiciones perfectamente. Por estas latitudes, en concreto, “enraonem en català o en castellà”, indistintamente, pero nunca en “espanyol” (???). Se trata de un uso apelativo de la lengua de Cervantes inexistente en Cataluña hasta fechas muy actuales. Es raro que el erudito Comadira no conozca la costumbre oral y escrita de llamar “castellano” al castellano en Cataluña. O bien ha decidido apuntarse a la moda del ideario nacionalista radical que, ahora, junto con los madrileños del PP más recalcitrantes, eluden cuanto pueden hablar del “castellano” y siempre preconizan el “español” como nombre adecuado de la lengua del imperio.

Este nimio incidente sociolingüístico sorprende en el contexto de Cataluña, y muestra el giro sutil pero forzado que se exhibe en algunos medios con respecto a los dos idiomas. Podría decirse que en este punto los “extremeños” se tocan, los pseudofascistas de la meseta se juntan con los independentistas más acérrimos, tipo el actor Joel Joan, y este paralelismo choca aparentemente con el perfil cultivado de Comadira. Por otro lado, en oposición a tales declaraciones, muchos catalanes de antes y de ahora –y esperemos que del futuro– yuxtaponen, contraponen, alternan, funden, confunden y fusionan las “dos espiritualidades” del noreste peninsular ibérico sin ningún problema –es más, diríamos que con gran ventaja–, como si nada pasara verdaderamente, y a diario.

Dicho lo cual, el artículo comentado de Narcís Comadira, es, como todo lo que sale de su pluma, de agradabilísima lectura.

[Palabra de Mono Blanco]

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Cosas que no deberían estar ahí

Mayo 2007

Barcelona hizo un cambio espectacular de su fisonomía abriéndose al mar. Era un asunto de gran envergadura, pero evidente y palmario: la ciudad sufría una muralla-tapadera hecha de viejas instalaciones portuarias, tinglados roñosos e infraestructuras industriales que impedían el contacto con el mar. Era obvio que todo eso era obsoleto y no debía estar ahí, y afortunadamente se eliminó. El impulso de la candidatura olímpica del 92 y los trabajos de la apertura marítima de la ciudad fueron liderados por un arquitecto mediocre, pero con una capacidad de mando, de seducción y de coordinación notables, sinó excepcionales: Oriol Bohigas. Su tarea fue saldar una deuda centenaria de la ciudad, abordando una escala de intervención considerable, es verdad, pero llevando a cabo algo rudimentario, primario: barrer y limpiar el waterfront de Barcelona. Había que hacerlo.

En este orden de cosas, todavía hoy quedan asignaturas pendientes en la ciudad. Una de ellas es el verde, “lo verd” que diría un ilerdense, es decir, la superficie franca y extensa con el color amable de la clorofila. Es sencillo: Barcelona no tiene un Jardín o un Parque (con mayúsculas) a la altura de sus espectativas. Dicha cosa tendría que escurrirse enmedio de la ciudad, quizá enmedio del Eixample, o quizá en un margen semiurbano y accesible (¿en vez del Fórum, como dibujó Cerdá?); pero la realidad es que nunca ha estado ahí. El jardín soñado de Barcelona es un mito. Los sucedáneos de éste (interiores acondicionados de manzana, cornisa del Collserola, etc.) quedan bien, se agradecen, pero El Verde en esta ciudad no deja de ser una curiosidad, una chinería, un musgo navideño comparado con Central Park o los enormes parques londinenses. El centro de Barcelona deberia ser blando, amplio y verde, sí, pero resulta ser duro y mineral que es una cosa mala, y parece difícil quitarlo de donde está.

Por otra parte, el MNAC no debería estar ahí. El FNAC (con “F”) –en un ángulo de la Plaza Cataluña–, por su lado, es una iniciativa privada que luciría mejor en un edificio de nivel, en la misma encrucijada sensible de la calle de Pelayo. La historia de la arquitectura de Barcelona no pasará jamás por el ‘Triangle’. Volviendo al hilo, el MNAC (Museo Nacional de Arte de Cataluña) debería ceder su puesto a una institución pública prioritaria, primordial y pionera: el Parlamento de Cataluña.

El Palacio Nacional de Montjuic debiera arropar evidentemente a las cortes catalanas; por morfología (skyline de la ciudad, perfil de la montaña), por jerarquía de accesos (eje de la Avenida María Cristina), por su monumentalidad (artificiosa, pero asentada en el imaginario popular), por su escala (pompier, pero no ingrata), e incluso por las características de sus espacios interiores, como la famosa sala ovalada (destrozada por Gae Aulenti), un hueco noble en el corazón mismo de Barcelona: el fulcro idóneo para reunir a parlamentarios de un país grande y con historia. ¿O acaso los catalanes no somos lo que proclamamos?

En el Palau Nacional de Montjuic debería residir el Parlament de Catalunya, y punto. El MNAC -cuyo románico es una maravilla se ubique donde se ubique- debería exiliarse. La idea del Palau Nacional como Parlamento es básica, y habría que extraerla o rescatarla del subconsciente de la ciudad. El barcelonés es un tipo educado con cierto complejo preedípico, pero tolera bien a los psiconalistas bonaerenses; además, yuxtapone con gracia (el honor es poco útil) la magnificencia y el sentido común. Un marciano despistado que recibiera cuatro flashes sobre la historia del Principado (por ejemplo, en la abadía de Montserrat) y acto seguido sobrevolara Barcelona, consideraría no retórica la anterior propuesta de “reordenación icónica” del ‘cap i casal’ de Cataluña.

La obscenidad de la torre Agbar, por su parte, quizá tenga que ver también con su carácter reubicable. La torre en realidad es un disparo medioambiental contra la gente de esta ciudad. Preconiza la especulación sobre un bien ecológico y valioso: el agua, sobre el que cabría pedir a sus gestores mesura, bastante discreción y sosiego volumétrico. Sin embargo, el atraco a los vecinos que con las facturas del grifo pagaron la torre Agbar (150 millones de euros) ya está hecho; de acuerdo. Pero ¿porqué ese rascacielos no está plantado justo enmedio de la plaza de las Glorias? Metidos a emblematizar, puestos a que un monopolio nos recordase en la cara y desde arriba sus plusvalías estratosféricas, está claro que el emplazamiento natural, sensato, formalmente idóneo del cilindro obús de esta megatorre corporativa –índice de las ganancias, entre otros, de la Caixa– habría de ser el centro del círculo, es decir, el tambor de la plaza de las Glorias. La geometría en este caso parece de cajón, hasta un estudiante de primaria iba a entenderlo… En cambio, la torre echa raíces fuera de la gran rosquilla, marginada fuera de la circunferencia de los accesos, tirada en la cuneta más cercana. Se ha eludido la peana perfecta para exhibir un menhir representativo del poder y las finanzas tardo-capitalistas de Barcelona.

La casuística de las localizaciones incorrectas, o abyectas, de las cosas –o mejor, de las casas–, suele cebarse con los grandes edificios. No criticaremos al Teatre Nacional, ni al Auditorio de Barcelona, ni al último hotel con platillo volante de l’Hospitalet, por no resquebrajar la categoría cultural del ‘genius loci’. Evocaremos no obstante el chiste legendario del arquitecto Federico Correa sobre el emplazamiento del hotel Presidente de la Diagonal: un ogro, un engendro que iba dando tumbos por la calle Muntaner frenó de lado aparatosamente, y en un giro espantoso, en la Diagonal, quedó embarrancado para siempre.

Así le parece a Correa el insípido mamotreto de un hotel, una entidad –como se deduce– que tampoco debería estar allí. ¡Hay tantas y tantas viñetas mal colocadas en el tebeo interminable de la ciudad condal! El edificio de ‘Carburos Metálicos’, en la calle Aragón, por ejemplo, por el que se demolió un hito de Barcelona: la clínica Santa Madrona, un histórico chalet adaptado al pasaje de Méndez-Vigo, hoy miserablemente castrado. Esa clínica, que era de partos fundamentalmente, fue la cuna de la mitad del censo de barceloneses actuales. ‘Carburos Metálicos’ sigue siendo un edificio infame.

En el área de la extinta mutua de Santa Madrona –neoclásica, humilde y recoleta– hay que hablar del culebrón de los remontes de Porcioles. Por ‘remonte’ se entiende la excrecencia aérea que sufrieron en el pasado, como una plaga, gran cantidad de inmuebles barceloneses; especialmente en el Ensanche. En concreto, el remonte de la finca adyacente de la Casa Batlló de Gaudí, en el Paseo de Gracia, debió ser dinamitado hace mil años, pero sigue en su lugar, tozudo como una mula. No hay funcionario que pueda con él. Decenas de áticos ortopédicos en la trama del Ensanche siguen ahí en sus filas, escandalosamente.

Otro regalo no solicitado, pero aprobado por el consistorio tripartito en su momento, es el bloque del chaflán consecutivo a la Pedrera de Gaudí, bajando por el teóricamente preservable Paseo de Gracia –de nuevo–, esquina con Mallorca: se aprobó hace años gracias a una corruptela municipal que otorgó licencia en pleno mes de Agosto, permitiendo el derribo de lo anterior cuando todos estaban de vacaciones. El tono brutalista y la colmatación de esta nueva esquina, que llega hasta sus cotas máximas, apurando todos los metros disponibles, ha promovido la expresión cariñosa de “la bella y la bestia” entre los viandantes del Paseo de Gracia, mientras deambulan cuesta abajo y comparan el par de chaflanes seguidos, tan dispares y tremendos (es decir, La Pedrera y “Eso”).

Cuentan que en un muelle de Barcelona apareció un container nuevo, a punto de flete, pero prácticamente vacío y que no pertenecía a nadie, perdido como una maleta. No debería estar ahí, claro. Lo más insólito es que dentro encontraron una vieja máquina de escribir con un único folio y una sola línea que decía: “esto, señoras y señores, sólo es el principio…”

[Palabra de Mono Blanco]

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El castellano como condena

Septiembre 2004

Aun no siendo significativa a nivel mundial, los catalanes amamos profundamente nuestra lengua. Sin el catalán, los catalanes somos poquita cosa. El catalán forma parte indisoluble de nosotros, y eso tal vez nos convierte en únicos, siguiendo una idea amablemente formulada hace unas semanas por el nieto de Joan Maragall, a pesar de ser político. Las circunstancias adversas (históricas, culturales) no sólo no han extinguido nuestro idioma, sino que cabe decir -y ojalá no sea un error- que en este momento goza de un estado de salud relativamente bueno; lo cual nos alegra tanto como si la afirmación se refiriera a una parte de nuestro estómago, de nuestro pecho o de nuestro cerebro.

Sin embargo, y aunque no tenga relación con lo anterior, hay que apresurarse a desmontar varias imprecisiones sobre el uso del castellano en Cataluña. La lengua castellana ha estado presente en Cataluña desde hace siglos, y en algunos lugares geográficos, como en la ciudad de Barcelona, lo ha estado con gran intensidad y a lo largo de mucho tiempo, y no exclusivamente por razones coercitivas. La bota militar siempre ha sido un apoyo inestimable en la difusión de una lengua, como vimos en la propagación universal del idioma del bardo de Stratford-upon-Avon, pero ello no quita que Shakespeare sea un genio, o que los endecasílabos de Garcilaso de la Vega sean una maravilla. Resulta que el castellano se ha oído en Cataluña desde siempre, especialmente en Barcelona, coexistiendo con el catalán, lo cual no se sabe si es algo reprobable, pero ojo al dato. Políticos e intelectuales orgánicos: eso es tan cierto como la existencia de las montañas de Montserrat.

A veces, ateniéndonos a la programación de TV3 (la televisión pública catalana), o a algunos cultivadores de las letras en estas tierras, parece como si la aparición del idioma castellano por aquí tuviera una dimensión exótica. Para TV3, y para más de un representante de la intelligentsia autóctona, lo del castellano por estos lares, o bien es un asunto de emigrantes suramericanos, o bien es un residuo cultural de inmigrantes de otras partes de la península, o bien es el resultado exclusivo de imposiciones lingüísticas manu militari (como las llevadas a cabo por el anterior régimen), o bien, cénit de la ridiculez, es una pose de cierta ralea de urbanitas llamados “pijos”.

Cabe insistir en que no se sabe si es bueno o es malo, pero el castellano ha circulado por aquí siempre como Pedro por su casa, y eso desde que apareció la imprenta. Los primeros editores barceloneses del siglo XVI ya tenían a bien incluir la lengua del Arcipestre en sus catálogos. ¿Pero, y porqué? En primer lugar, digamos, por una cuestión peregrina de vecindad. Aragón, compañero de viaje de Cataluña en nuestras épocas gloriosas, fablaba y habla castellano, y en ocasiones de manera contundente, como nos recuerda el diputado Labordeta. En segundo lugar, y para qué negarlo, el castellano como dispositivo está muy bien trabado, o sea, conceptual y verbalmente es una máquina de trinchar ideas que funciona de miedo, como las flores, y se lo traga todo. Durante siglos, pasó como un vendaval de zetas e interjecciones por el continente americano, junto a una ola de barbarie que lo barrió casi todo, y hoy en día, en cambio, oh sorpresa –esa amiga de la lengua–, los herederos del latrocinio se expresan en un castellano pulcro, exquisito, casi musical.

¿Fueron los hispanoamericanos engullidos por la potencia del artefacto? Pues en Cataluña debió pasar algo similar, porque a los indianos catalanes que arribaban a las Antillas, por ejemplo, llegados de muchos pueblecitos no cosmopolitas, radicalmente payeses, no les costaba nada adaptarse rápidamente a la lengua de las colonias: es decir, en la metrópoli también se hablaba castellano. En la parte baja del Ensanche barcelonés, corazón de la ciudad condal, que empezó a poblarse en último tercio del siglo XIX, era frecuente encontrar a familias enteras de la burguesía naciente expresándose con igual soltura en catalán y en castellano, e incluso más en esta última lengua. El llamado “padre de las letras catalanas”, Jordi Rubió i Balaguer, artífice de la Biblioteca de Catalunya, erudito y profesor insigne, cuñado por cierto de un indiano catalán, José Gallart, se expresaba en familia predominantemente en castellano, con toda naturalidad. A un jurista famoso de Cataluña, el histórico Don Manuel Durán i Bas, que llegó a ser ministro en Madrid, y quien protagonizó el primer esfuerzo serio por unificar el Derecho Civil catalán, sus nietos catalanes le llamaban “el abuelito” y no “l’avi”. Los ejemplos son inagotables. El tráfico documental y comercial en Barcelona, desde tiempos inmemoriales, era frecuentemente en castellano por la sencilla razón de que esa lengua proporcionaba un código preciso, exento de ambigüedades, jurídicamente muy útil, y esto, de nuevo, no es una inquina de ahora, es otro dato, no necesariamente derivado de la fusta. Hubo un mago Merlín de los fonemas y los glifos llamado Nebrija que preparó bien el asunto en el siglo XVI, nada menos. Duele, pero hasta llegar al ingeniero Pompeu Fabra, hace muy poco, no conseguimos los catalanes nada similar. En Cataluña, todavía recordamos la anarquía de nuestros abuelos pronunciando aquel catalán fabuloso que ya sólo resuena en recónditos ámbitos rurales.

Todo ello, señoras y señores de TV3, “antes de Franco”…

No sabemos si es para bien o para mal, pero la lengua de Cervantes también es patrimonio de los catalanes. Es algo tan importante, que desde la perspectiva catalana, resulta incluso una frivolidad dejarlo en manos de los habitantes de la meseta. Esa lengua nació en San Millán de la Cogolla, en un monasterio riojano, o donde fuera, de acuerdo, pero pudo haberse escampado de otra manera por la geografía peninsular, o mediterránea, o europea, pues cosas más raras se han visto en la diseminación de dominios lingüísticos. Finalmente lo hizo como lo hizo, pero no es justo que Madrid acapare beneficios y maleficios en esta industria de las eñes. Como, por otra parte, tampoco es razonable el odio declarado de Jorge Luis Borges hacia el castellano, idioma que previsiblemente debió inyectarle en vena los placeres más indescriptibles de su vida de bibliotecario.

Es lo que hay. Como un regalo de las musas o como un castigo divino, el castellano vivió y vive y permanece ligado a Cataluña. Y está en este planeta para quedarse.

[Palabra de Mono Blanco]

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