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Elogio de la rata

La rata es subversiva, se esconde en las profundidades y es miserable, pero es íntegra. No se camufla como el camaleón, amaga y engaña como un animal salvaje, sí, pero, aunque es obvio que es una rata, no es hábil para mentir.

Ocurre todo lo contrario con un fascista camuflado de acusa-fascistas, que es la expresión más conseguida de la especie humana (en versión hispánica) cuando se hunde por debajo de la ética, hasta alcanzar lo nauseabundo.

Esto viene a cuento del reciente affaire de Jiménez-Villarejo, y su placa dura de policía para chantajear a cualquier administrado, sea éste peatón, comensal o monarca, no importa; pero también, y sobre todo, viene a colación de las apariciones en medios públicos de Agustí Colomines, últimamente un fenómeno. El profesor Colomines, amparándose en la ciencia, igual que el profesor Frank de Copenhague, certifica una hipotética verdad en sus shows (él dice que es historiador). Pide patente de corso para reflejar la “realidad más real” según Lacan, es decir, una entelequia muy baja en la escala de la ontología, una auténtica basura en los escenarios, una diarrea mental que nunca se reconoce como tal.

Villarejo se cierra en sí mismo como un bicho-mariquita y es altamente viscoso, pero Colomines resulta más letal, es de peor calaña: abre su mente y afirma que es ‘historiador’ y, como por ensalmo, como por arte de magia, apoyado en una sonrisa de conejo que no otorga confianza, en la tele da la impresión de que ninguna verdad existe excepto la muerte. Y esto ya lo sabía Jacques Lacan.

Colomines arroja a la testa de cualquier tertuliano nombres y nombres aparentemente cultos. Pronuncia en la pantalla etiquetas sagradas como ‘Hannah Arendt’ (porque su disciplina es la Historia) por ejemplo; y entonces el edificio de la civilización se viene abajo. Fenece. Como mínimo, dicho el nombre, el que sea, queda automáticamente mancillado, denigrado, anulado, vituperado hasta lo más profundo de su esencia. En el caso de Harendt, se percibe una obscenidad que estalla en el plató, bam, sin que el adversario pueda reaccionar. Conceptos varios -como las palabras relevantes “libertad” y “democracia”- se vuelven extrañamente corruptos por el hecho de ser mentados en boca de este ex-fraile exclaustrado de Montserrat.

Todo es muy raro, pero la sensación es ineludible: Colomines sería un antiguo seminarista del que no es posible dar cuenta porque, haciéndolo, el enunciado se pudre ipsofacto por el hecho de nombrarle. Es curioso. Su demagogia, vista en pantalla, es de una perversidad procelosa. Lacan diría que es puro morbo óptico autodestruyéndose en el tiempo; y, no obstante, este individuo funciona como heraldo de una cofradía instantánea, la DUI del independentismo catalán (por cierto, un movimiento legítimo). Cualquier opinión sesgada o embustera -de quien sea- es una minucia enfrentada a lo que dice este señor, y no es culpa del independentismo, hay que insistir. La escatología más conspicua a la que pudiera llegar Deleuze (repetición de lo falso) es caca de rata comparada con el tufo del timador Colomines: él representa un fatum, el de la peste de las mentiras rodeadas de papel higiénico, reiteradas una y mil veces, sí, pero ¿las mismas que exhalan el hedor del submundo de Villarejo? No, en absoluto. Colomines parece estar -paradójicamente- a otro nivel. Hablamos aquí de un asombro del intelecto que va más allá del horror, moralmente por debajo del umbral del encarcelamiento en mazmorra, es decir, de algo realmente muy bajo, ubicado en la cloaca de los escondrijos para roedores, por infectos e infrahumanos que sean.

Cínico, alevoso y retorcido, Colomines medra entre comisarios políticos de pacotilla, por utilizar una metáfora. Colomines presenta un arquetipo en fuga hacia la categoría de lo “real insidioso”, es decir, suponiendo -si no es mucho suponer- que el profesor Frank de Copenhague hace un esfuerzo ulterior en el wáter de su mecano, para mayor gloria de la ciencia.

Si no es nazi, este ceñudo individuo es patológico, o bien está tomando el pelo a la parroquia, rebajándonos a tutti quanti a la estatura de canallas y de mezquinos. Cuando sale en la tele con sus ademanes de espantapájaros, Colomines humilla a los espectadores -solidarios a la fuerza, en nuestra propia lengua madre- de una zona perpleja del mundo (Cataluña) que ya nadie recuerda que contribuyó a formar Europa y que tiene 2000 años de currículum.

[Palabra de Mono Blanco]

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