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Golpe de estado

Por un golpe de estado incruento, civil y multitudinario, pero inapelable en el sentido de irreversible, la gente no debería alarmarse. De hecho, es la única solución, y el nuestro es el escenario idóneo en donde no sólo podría producirse un movimiento popular radical y refundante de las relaciones políticas y sociales, sino que incluso –de suceder en algun sitio por debajo de los Pirineos– podría aspirar a establecer un modelo en Occidente.

La nuestra es una democracia joven, inexperta, un tanto salvaje, llena de nuevos ricos que aún conservan un resto de ingenuidad, cazurrería y “naiveté” suficientes como para ser conmovidos por una propuesta así. Y más si su riqueza se ha esfumado o se está esfumando delante de sus narices en este momento, por recientes acontecimientos económicos. Pero conviene estudiar el método de aproximación, tan asignable a un nuevo tipo de orador como el Evangelio al Mesías. No conviene hablar de revolución, porque “revolución” significa, literalmente, darle la vuelta a la tortilla, y no se trata de eso. No se trata de defender que los pobres suplanten a los ricos, ni que los trabajadores se conviertan en empresarios. Todo eso no posee lógica alguna, y no es historia –pues ésta, junto con las finanzas, ha estallado–, es arqueología.

En España, en Cataluña, o en Calcuta, la deflagración podría invitar al arrebato a partir de grupos humanos y grumos ideológicos formados espontáneamente, teniendo como máxima el nulo derramamiento de sangre; pero con la meta inalienable de la destrucción radical y conceptual de la burocracia, de la alianza contranatura de política y oligarquía, y de las estrategias coordinadas de explotación del individuo. Ha de instigarse una mutación de la conciencia del consumidor; un consumidor hoy alienado por la política, la basura audiovisual y una retahíla de productos inacabable. Aplastar la cucaracha del clientelismo político con el talón desnudo del pie. Concebir la careta militante de cierto ecologismo como una parodia de las estratagemas de supervivencia –pura y dura– de los partidos. Debería quitarse la venda de los ojos el ciudadano, ése que hoy deambula drogado y aturdido entre las redes de comunicación del planeta. No se trata de variar el rumbo moral de las viejas democracias de Occidente (no pertenecemos a ese club, por falta de clase), se trata de mucho más, se trata de hacer tabula rasa de todo lo que tenemos, mediante, por ejemplo, la intensificación de tácticas virulentas de software que acentúen hasta sus finales más inexplorados la formación de nuevos grupos, la conexión remota entre “células” (vocablo revolucionario sí rescatable) igualitarias, y el establecimiento o instauración de una manera digna y civilizada de vivir.

Barcelona es geoestratégica; y culturalmente privilegiada, pues disfruta de un aura de neutralidad lo suficientemente europea, y lo suficientemente anti-hispánica como para ser el caldo de cultivo de una apuesta semejante. Hace mil años que Barcelona no asoma su rabia a la calle. Hace siglos que el carácter ígneo de Cataluña parece adormilado por un pragmatismo operativo que abomina del chorizo pero le encanta la butifarra. Obviamente, el Departament de Cultura de la Generalitat y el Ministerio de Cultura de Madrid aquí no tienen nada que decir, salvo desempeñar el rol perverso de dos niñas con piruleta en un aquelarre de brujas.

Pero no mencionemos el Terror de Brumario sino la fuerza inexpugnable que otorga una tierra como ésta; hay que idear contextos en que la experiencia capital de la “rosa roja” quede positivada por completo, hay que meditar una leyenda blanca que no suponga una gota de violencia, ni un ápice de sufrimiento, ni el menor rasguño para nadie en absoluto. En esta vindicación habría facetas recónditas de fiesta mediterránea y de restos ibéricos míticos. La agresividad del golpe atestable, en todo caso, ha de ser verbal, mental, ideal, virtual y ética (perdón por utilizar un arcaismo), una especie de suma alquímica y geométrica que, por una parte, anulara el lastre acartonado de Madrid, y por otra, disolviera el núcleo de cualquier veleidad de “pasar a la acción” violenta.

Un mazazo blando –pero brutal– arreado en algun lugar sensible de nuestra geografía colectiva, ahí, y que nos despierte de esta pesadilla.

[Palabra de Mono Blanco]

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